DIÁLOGO VIVO CON SAN JUAN DE LA CRUZ: CONVERSACIONES SUBIENDO AL MONTE (9).

Continuación de Diálogo vivo con san Juan de la Cruz: Conversaciones subiendo al monte (8).

Por Silvio Pereira.

9. Unión y transformación

«…unión y transformación del alma con Dios, que no está siempre hecha, sino sólo cuando viene a haber semejanza de amor. …la cual es cuando las dos voluntades, conviene a saber, la del alma y la de Dios, están en uno conformes, no habiendo en la una cosa que repugne a la otra. Y así, cuando el alma quitare de sí totalmente lo que repugna y no conforma con la voluntad divina, quedará transformada en Dios por amor» (SMC L2, Cap. 5,3).

«Y la que totalmente la tiene conforme y semejante, totalmente está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente» (SMC L2, Cap. 5,4).

«De donde, aunque acá en esta vida hallemos algunas almas con igual paz y sosiego en estado de perfección, y cada una esté satisfecha, con todo eso, podrá la una de ellas estar muchos grados más levantada que la otra y estar igualmente satisfechas, por cuanto tienen satisfecha su capacidad. Pero la que no llega a pureza competente a su capacidad, nunca llega a la verdadera paz y satisfacción, pues no ha llegado a tener la desnudez y vacío en sus potencias, cual se requiere para la sencilla unión» (SMC L2, Cap. 5,11).

Estimadísimo Padre Juan de la Cruz, la unión del alma con su Dios es ciertamente un camino por recorrer. ¿Un camino? Perdón, el único camino a recorrer que ofrece salvación. De hecho, ¿qué esperamos de Dios en su Reino sino una plena y desbordante comunión de amor con Él? ¿O alguien espera ir al Cielo para gozar de cuanto quiere gozar pero prescindiendo de Dios parcialmente a subjetivo arbitrio? ¿Alguien se imagina una eternidad en la cual nos conectemos de a ratos con el Señor y en otros momentos «descansemos de Él» y andemos recortados a nuestras anchas? Pregunto este absurdo porque no tengo tan claro a qué llaman «salvación» los cristianos de mi época. Quizás reencontrarse con seres queridos que han partido, quizás ya no experimentar mal ni sufrimiento, quizás una fiesta permanente donde todo esté bien para siempre. Y será eso seguramente pero mucho más… ¿Y Dios? A veces creo que si a muchos de mis feligreses les avisara que el Cielo es para estar siempre con Dios, frente a Él como cara a cara, gozando de su Misterio y permaneciendo en alabanza ininterrumpida de su Majestad Santa, en comunión de Gloria junto a todos los santos y elegidos… me temo que si así lo presentase algunos de mis feligreses «se bajarían del Cielo». Al menos a aquellos a los cuales rezar les parece aburrido y fastidioso se sentirían desanimados. ¿Pero no hay nada que hacer allí eternamente? ¿No hay eventos masivos por organizar, o jornadas caritativas y solidarias en favor de los sufrientes, ni siquiera celebración de los sacramentos? ¿No haremos nada en el Cielo? ¡Sí, sí, si, haremos lo único esencialmente necesario… seremos eternamente unidos a Dios por el amor!

¿Cuándo alcanzar esta capacidad de vivir en unión con el Señor sino en esta vida? No te alteres ni te angusties, y comprende mi querido lector, que ésta unión con Dios es camino y por tanto un proceso dinámico. Por eso Fray Juan afirma que esta unión y transformación no está siempre hecha, sino haciéndose y que es real en cuanto alcance semejanza de amor, es decir que la Voluntad de Dios y la voluntad del hombre coincidan. Y todos nos damos cuenta que hay un largo viaje por realizar. Al menos en principio habrá que empezar a gustar de estar y tratar con Él. Luego claro, habrá que dejarse modelar por Él hasta vivir conforme a su Santa Voluntad. Ya nos damos cuenta qué largo y profundo itinerario habrá que transitar. Como también advertimos aquello de lo cual venimos hablando insistentemente: no faltará el desierto, ni la renuncia a sí mismo, todo el camino estará atravesado de Cruz. ¿Habrá acaso otro remedio para quitar y sanar lo que a Dios repugna en nosotros sino la Cruz de Cristo? ¿Existirá algún medio de Gracia para la transformación del alma que no tenga su fuente en la Pascua del Señor Jesús que tiene que llegar a ser nuestra Pascua? La fe de la Iglesia no conoce otro camino. Solo el hombre crucificado por amor, unido al Hijo en Cruz, puede abandonarse definitivamente en las manos de su Padre y, ya cumplida su Voluntad, ser transfigurado por la victoria pascual del amor redentor.

¿Cómo llamamos a esos cristianos que han alcanzado en vida una tal identificación de su voluntad humana con la Voluntad divina que al verlos a ellos nos encontramos con Dios? Santos. Pues al fin y al cabo, no me canso de repetirlo, la santidad es hacer la Voluntad de Dios. Cada vez que nos unimos a su Voluntad nuestra vida es santificada más por Él, como cada vez que nos desinteresamos o somos rebeldes a su Voluntad nos alejamos hacia las oscuras tinieblas del pecado. Y cuando nos topamos con una de esas personas que permanecen establemente enraizadas en la Voluntad del Padre parece que todo se ilumina. La santidad irradia luz y abre senderos de transformación en Gracia de la realidad. Esa luz de los santos proviene de su alma por estar unida a su Señor que brilla refulgente.

Seguramente con Fray Juan no dejaremos de conversar —al menos tangencialmente— sobre el camino ordinario e insustituible de la ascesis, pero sobre todo aquí nos dedicaremos a la experiencia mística. Como nos dice este gran maestro espiritual, el alma que se ha despojado y ha llegado a unión se encuentra llena de Dios según su capacidad, porque Dios hace de sus vasijas cuánto quiere en su plan de amor. A unas las hace más capaces de contenido y profundidad, a otras más simples y sólidas, a aquellas humildes y encarnadas en servicio del tránsito terrenal y más allá las ha hecho siempre lindantes a la Gloria del Cielo. Así una multiplicidad de experiencias de unión, de santidad vivida, son sembradas en la tierra de los hombres según el providencial proyecto del Padre que nos ama. Y no se preocupe entonces el hombre de qué hará Dios con él, ni se compare con nadie, ya que a cada quien llenará y dejará satisfecho y desbordante según el misterio de su Voluntad benigna.

Inquiétese el cristiano que no trabaja en sí secundando a la Gracia en pos de alcanzar la Unión con su Señor, pues desperdicia su vida y mal se prepara a la eternidad que es justamente la Gloria de la Unión con Dios por el amor. Porque el alma «que no llega a pureza competente a su capacidad, nunca llega a la verdadera paz y satisfacción, pues no ha llegado a tener la desnudez y vacío en sus potencias, cual se requiere para la sencilla unión». Dios nos libre de vivir y terminar desunidos con Él.

*SMC: Subida al Monte Carmelo.

DIÁLOGO VIVO CON SAN JUAN DE LA CRUZ. CONVERSACIONES SUBIENDO AL MONTE (9).

El Padre Silvio Dante Pereira Carro es también autor del blog Manantial de Contemplación. Escritos espirituales y florecillas de oración personal y tiene el canal de YouTube @silviodantepereiracarro.

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