IGLESIA: ¿QUÉ TE ESPERA EN TU FUTURO? (12). Volver a proponernos un proyecto pastoral de envergadura

Por Silvio Pereira.

¿Y la Nueva Evangelización?

El llamado a la ‘Nueva Evangelización’ que, de algún modo lanzó proféticamente San Juan Pablo II, pareciera ser la última gran propuesta hacia un plan integral, global y a largo plazo para la Iglesia entera. «Nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión». Todo eso resonaba como a ‘reconquistar’ un mundo que se iba descristianizando, pues a gran escala se iba olvidando o decidía rechazar el Evangelio de la salvación. Resonaba a la vez como invitación a renovar toda la Iglesia para ponerse a la altura de semejante misión. Y es cierto que quizás demasiado pronto —antes de lo pensado— tendremos que aceptar el desafío de re-evangelizar al mundo entero.

San Juan Pablo II —consciente de esta inminente circunstancia— en sus intervenciones magisteriales preparando el Jubileo del año 2000 y evaluando el camino recorrido, quiso enfáticamente invitarnos a vislumbrar la Iglesia del Tercer Milenio y nos envió a ‘navegar mar adentro’. El tono encendido y creativo de su liderazgo pareció contagiarnos de esperanza y de ímpetu.

¿Conversión pastoral?

Pienso que desde aquella proclama de la ‘Nueva Evangelización’ los sucesivos ministerios petrinos, con sus matices propios, han seguido en esta dirección. Y sin embargo no parece la Iglesia haberse ‘reconvertido’ para tal fin o al menos no cuánto es necesario. De hecho se sigue llamando a un rediseño estructural para que todo en la Iglesia converja en la misión como identidad permanente suya. Así ha comenzado programáticamente su ministerio el Papa Francisco. Y su antecesor Benedicto XVI ha realizado un gran aporte al discernimiento de lo que concretamente significa esta evangelización renovada, como ha procurado en todo su magisterio volver a un proceso formativo intenso y en los núcleos más decisivos de la identidad cristiana.

Pero a pesar de las múltiples y reiteradas exhortaciones magisteriales, en diversos tonos y ocasiones, nada ha cambiado demasiado. La ‘pastoral de la conservación y del mantenimiento’ se ha cristalizado de tal modo entre nosotros que posiblemente —tras tanto parche y tanto arreglo— ya no percibamos el daño estructural que amenaza la ruina de la casa entera. La ‘conversión pastoral’, concepto revulsivo si los hay acuñado por los Obispos de Latino-América y el Caribe en Aparecida, no ha dado más que inquietantes chispazos; apenas cada uno empezó a sentir que le podían tocar ‘el propio huerto’ la discusión y el discernimiento quedaron obturados.

Superar urgencias y recuperar la mirada contemplativa

¿De dónde viene la dificultad si no surge que haya gran falta de consenso eclesial sobre este objetivo de una ‘nueva evangelización’? Obviamente la primera respuesta que se impone es: nuestro pecado y falta de conversión. Pero esta es una realidad permanente que inhiere en una porción de la Iglesia; aquella cuyos miembros pecadores todavía peregrinan en la historia y aún no han alcanzado la Ciudad celeste. Nosotros. Pues en gracia y esperanza caminamos pero seguimos corriendo la carrera hasta alcanzar la meta y recibir la corona de la vida.

Por tanto para ser más prácticos debemos concentrarnos en resistencias más puntuales y menos recurrentes. Yo creo que para realizar este plan o cualquier otro de gran envergadura debemos primero resolver dos instancias:

a) superar la compulsión por las urgencias emergentes que nos ha inoculado la cultura del mundo;

b) recuperar o dar lugar a una mirada contemplativa, paciente para los procesos y de largos horizontes.

Mirada a largo plazo

En el ámbito civil las sociedades se congratulan en sus ‘políticas de estado’ o se quejan de no tenerlas. ¿Cuánto hace que no percibimos en la Iglesia universal o en las Iglesias locales una dinámica que nos conduzca al largo plazo? Esas políticas de estado requieren grandes acuerdos sostenidos más allá de todas las coyunturas y urgencias emergentes. Se trata de fijar un rumbo y de no dar ‘timonazos’ que instalen incertidumbre y desorientación. Obviamente se supone una apuesta ponderada y la disposición para correr riesgos. «El que no invierte y no se sacrifica, no gana».

¿Cuál es nuestro trauma en el cual estamos fijados? Como Iglesia: ¿no queremos correr riesgos y hacer sacrificios? Si fuese así me escandalizaría: ¿y dónde nuestra fe que parte de la Cruz? Me inclino a pensar que es más al nivel de los acuerdos donde se encuentra el problema. Justamente venimos recientemente de reflexionar sobre esa fantasmática posconciliar que nos hace auto-representarnos como divididos en polos más en puja que en acercamiento.

Pero sobre todo es falta de talante contemplativo. No logramos superar la inmediatez y las urgencias para dar a luz ‘una mirada más larga’. Ha sido en general para mí casi desesperante, cansador y frustrante cuando mis superiores me han convocado a realizar tareas diversas. A veces me han solicitado un plan de acción pero si no lo han hecho igual lo he propuesto. ¿Saben que ha pasado? Apenas consultado, discernido, modificado, enriquecido y aprobado el trayecto por recorrer… mis propios superiores han ‘introducido por la ventana’ alguna urgencia, alguna moda emergente, algún requerimiento descolgado. Nos vivimos ‘autoboicoteando’. Nuestras agendas sobrecargadas e imposibles así lo expresan; no podemos hacerlo todo y con la misma intensidad. Es inhumano y alienante, signo de falta de discernimiento.

Contemplación vs superficialidad

Posiblemente es un ‘rasgo enfermizo’ de una Iglesia demasiado preocupada por la autoconservación, pendiente siempre de las demandas para no perder más popularidad y adhesiones, o siempre a la defensiva frente a las posibles acusaciones y amenazas. Y en la compulsión por responder a todas las urgencias embarga su futuro. Incluso llega a justificar como docilidad al Espíritu no la improvisación (que siempre se da sobre una base previa que permanece constante) sino la imprevisión caótica y anárquica de quien no tiene hondura pues vive siempre reclamado por la superficialidad.

Nos urge retomar ese talante contemplativo propio de los silenciosos orantes que habitan el desierto, de los que han alcanzado en su recorrido sabiduría de vida y de los pensadores que indagan y escrutan como vigías la realidad. Sólo este carácter posibilita divisar horizontes y tener paciencia larga para los procesos. Se trata bastante de entrar en el corazón del Padre Dios.

Podemos porque hay neblina no movernos. Solo que la neblina de esta época histórica no se disipará rápidamente. ¿Solo nos quedaremos paralizados? Habrá que encontrar coraje para andar a tientas. Encontrar generosidad para realizar todos juntos alguna apuesta que al menos fije un rumbo. Caminaremos en la noche, con la luz oscura de la fe, podríamos decir en el estilo de San Juan de la Cruz. Y si recordando nuestra condición de pequeños nos confiamos al Señor, seguramente contemplaremos con júbilo el clarear del nuevo día.

El Padre Silvio Dante Pereira Carro es también autor del blog Manantial de Contemplación. Escritos espirituales y florecillas de oración personal.

2 Comentarios

  1. Padre Silvio: Muy interesante … Nos vivimos ‘autoboicoteando’
    Lo que pasa que uno cuando entra al desierto no es nada facil… Necesitamos del Otro. Y cuando el dogma está x encima de la persona , realmente no hay conexión, falta la empatía y la misericordia, de la q tanto hablan los dogmáticos y lo q menos hacen es practicarla. Por un lado se ofrece la caridad y por otro lado te la niegan.

  2. Gracias padre : Necesitamos hombres con estirpe de valientes, hombres formados en el amor del Padre, siguiendo las huellas de Jesús, conducidos por el Espíritu Santo.
    Para sacar a la iglesia purgante adelante. Ya que los humos satánicos están infiltrado. Pero la iglesia será sacudida y jamas vencida. Está sostenida, por el corazón del Padre del Hijo y del Espíritu Santo y ustedes hombres de Dios : conducidos y guiados por el Corazón Inmaculado de la Vírgen Maria Para LEVANTAR EN EL NOMBRE DE JESÚS EL ESTANDARTE DE LA VICTORIA

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