TEMA 14: ITINERARIOS CATECUMENALES PARA LA VIDA MATRIMONIAL (3).

Continuación de Itinerarios catecumenales para la vida matrimonial (2).

Por Juan María Gallardo.

Acompañamiento de las parejas «en crisis»

87. En la historia de todo matrimonio puede haber momentos en los que la comunión conyugal disminuye y los cónyuges se encuentran con periodos, a veces largos, de sufrimiento, fatiga e incomprensión, pasando por verdaderas «crisis» conyugales. Forman parte de la historia de las familias: son fases que, si se superan, pueden ayudar a la pareja a ser feliz «de una manera nueva, a partir de las posibilidades que abre una nueva etapa», haciendo que madure aún más «el vino de la unión».

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Sin embargo, para evitar que la situación de crisis se agrave hasta convertirse en irremediable, es  aconsejable que la parroquia o la comunidad disponga de un servicio pastoral de acompañamiento de las parejas en crisis, al que puedan acudir quienes perciban que se encuentran en esta situación particular: «un ministerio dedicado a aquellos cuya relación matrimonial se ha roto parece particularmente urgente». Prevenir las rupturas, en efecto, es un factor decisivo hoy en día para evitar las separaciones, que pueden deteriorar y dañar irremediablemente el vínculo.

88. Dado que la experiencia demuestra que «en situaciones difíciles o críticas la mayoría —de las personas— no acude al acompañamiento pastoral, ya que no lo siente comprensivo, cercano, realista, encarnado», conviene que —además del pastor— sean los cónyuges, especialmente los que han vivido una crisis después de haberla superado, los que se conviertan en «acompañantes» de las parejas en dificultad o ya divididas. Son ellos los que serán la «comunidad de acompañamiento», los que podrán dar testimonio y manifestar que el buen samaritano es Cristo resucitado, que conserva las heridas en su cuerpo glorioso y que, por eso mismo, siente compasión por el hombre herido, abandonado en el camino: las parejas en dificultad.

89. Para ello, también es urgente poner en marcha proyectos de formación destinados a las parejas que acompañan tanto a los que están en crisis como a los separados, con el fin de crear las condiciones para un servicio pastoral que responda a las necesidades de las familias. La atención debe ser doble: a los cónyuges en dificultad, pero también a los hijos, cuando los haya. Estos han de ser acompañados con un diálogo psicológico y espiritual capaz de captar su malestar personal y familiar y apoyarlos. En este contexto, vuelve a cobrar importancia la pastoral del vínculo, que, desde los primeros años de vida matrimonial, debe acompañar a los jóvenes cónyuges en las distintas etapas de su vida en común. En efecto, las crisis, que forman parte del camino, deben transformarse en oportunidades, a veces dolorosas, que, si bien producen heridas y llagas en el corazón y en la carne, dejan espacio para la reconciliación, el perdón y la acción de la gracia, que sigue operando en el vínculo sacramental.

90. Hay crisis comunes, que se dan en todos los matrimonios, que marcan determinadas etapas de la vida familiar —la llegada del primer hijo, la educación de los hijos, el «nido vacío», la vejez de los padres—; pero también hay crisis personales, vinculadas a dificultades económicas, laborales, afectivas, sociales, espirituales, o a circunstancias y acontecimientos traumáticos e inesperados. En todos estos casos, «el difícil arte de la reconciliación, que requiere del sostén de la gracia, necesita la generosa colaboración de familiares y amigos, y a veces incluso de ayuda externa y profesional». Se trata de garantizar un acompañamiento no sólo psicológico, sino también espiritual, para recuperar, con un camino mistagógico gradual y personalizado y con los sacramentos, el significado profundo del vínculo y la conciencia de la presencia de Cristo entre los cónyuges. El silencio en el corazón, invocando el nombre de Jesucristo y escuchando su voz, puede ayudarles a crear las condiciones para que Él alimente su relación, les ayude en sus dificultades, se detenga y beba con ellos el cáliz del sufrimiento, estando a su lado como el peregrino con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13). En la práctica, se trata de crear espacios y caminos capaces de introducir a las personas en el arte del discernimiento en la vida cotidiana para poder reconocer a tiempo situaciones de sufrimiento, ocasiones de peligro que hay que evitar, inmadurez y heridas que hay que superar. La exhortación que puede resonar en los corazones cansados es permanezcan en mi amor (Jn 15,9).

91. Sugerimos, a modo de ejemplo, una posible aplicación práctica de los principios expuestos, proponiendo un itinerario para parejas en crisis, inspirado en el pasaje de Jesús con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13 y 35). Después de haber dado convenientemente a conocer el servicio a la comunidad parroquial, si una pareja lo solicita y acepta la propuesta de un camino común de acompañamiento, se puede intentar alternar encuentros «individuales» —con la pareja solamente— y encuentros «de grupo» —con varias parejas—. En resumen, el camino podría seguir el siguiente curso:

  • El mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos (Lc 24,15) – Primer encuentro —«individual»— de acogida y conocimiento. Es aconsejable que el primer encuentro tenga lugar en un contexto de confidencialidad y cercanía personal, limitándolo a una sola pareja, que es acogida y escuchada por una pareja de acompañantes y el sacerdote, capaz de mostrar empatía, afecto y plena disposición de apoyo. A esta primera reunión de «escucha» le seguirán otras que iniciarán el proceso de acompañamiento propiamente dicho.
  • ¿Qué comentaban por el camino? (Lc 24,17) – Algunas reuniones («individuales» ) para que los
    cónyuges le digan a Dios y a su pareja por qué tienen «semblante triste» (Lc 24,17). Todos los encuentros se desarrollan siempre en un ambiente de oración, ya que se trata de un camino espiritual y no de sesiones de «terapia de pareja» puramente psicológicas. Así, la pareja, poniéndose en presencia de Dios, será guiada a «abrir su corazón» para que cada cónyuge sepa «lo que hace sufrir al otro”. Los acompañantes dirigirán esta «apertura del corazón” para que no sea un simple intercambio de acusaciones. Por tanto, las preguntas a responder no serán «¿cuáles son tus errores? «¿qué deberías cambiar?», etc., sino: «¿cuál es el sufrimiento que llevo dentro?»; «¿qué malestar siento?», «¿qué me duele en la forma en que estamos viviendo nuestra relación?». De hecho, no es infrecuente que las parejas carezcan de esa comunicación y diálogo para dar a conocer el estado de ánimo y el punto de vista del otro.
  • ¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No
    será necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria? (Lc 24,25-26) – Encuentros —«ampliados»— con varias parejas para «iluminar» las crisis. Los encuentros individuales, con cada pareja, pueden ir seguidos de encuentros de grupo, durante los cuales una de las parejas acompañantes podrá contar su propia experiencia y las crisis por las que ha pasado, destacando las «cosas nuevas» que ha aprendido en los momentos difíciles y las pruebas del matrimonio. También puede haber una breve enseñanza con la lectura y el comentario de partes convenientemente elegidas de Amoris laetitia, o extractos de los escritos de santos cónyuges que han superado momentos difíciles de la prueba matrimonial. El objetivo es destacar que las «crisis», si se aceptan, se comprenden, se viven juntos y se afrontan con la ayuda del Señor, pueden convertirse en momentos de gracia y crecimiento para la pareja. En definitiva, las crisis no son «anomalías», sino acontecimientos «normales» en la vida conyugal, incluyo aquellas causadas por debilidades y pecados personales. También éstas pueden convertirse en esos «sufrimientos de Cristo», presente entre los esposos, que es herido por sus pecados y sufre con ellos, entrando con ellos en la gloria (cf. Lc 24,26) de una relación sanada y «redimida». En estos encuentros, como ya se subrayó en el itinerario catecumenal hacia el matrimonio, no puede faltar un anuncio kerigmático: ¡el Señor está presente y vivo! Junto a Él, incluso la «muerte» de una crisis puede transformarse en resurrección a una nueva vida.
  • Y comenzando por Moisés y continuando en todas las Escrituras lo que se refería a él (Lc 24,27) – Reuniones («de grupo») con la Sagrada Escritura en el centro. A los encuentros previos de «catequesis» pueden seguir otros encuentros de grupo en los que se celebre conjuntamente una Liturgia de la Palabra: se proclama un pasaje bíblico, seguido de un tiempo de meditación y de una puesta en común, guiada por algunas preguntas, que concluye con una reflexión final propuesta por los acompañadores. Se cuidará la elección de textos bíblicos sobre temas como: la cercanía de Dios en las pruebas, el perdón recibido de Dios y otorgado, la gracia que actúa en la debilidad, la comunión de los corazones fruto del Espíritu Santo, la llamada a la santidad, el sacramento del matrimonio, etc.
  • Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba (Lc 24,29) – Adoración eucarística y sacramento de la reconciliación. Se puede proponer una «velada eucarística» —o incluso más de una— a las parejas que siguen el camino. Después de los diversos encuentros que han iluminado las distintas crisis que se están experimentando, a menudo se descubre que se es impotente para superarlas. Las dificultades parecen superar las propias fuerzas. Este puede ser el momento de llevar la propia crisis a la presencia del Señor presente en el Santísimo Sacramento, de «presentarla» y «ponerla» a sus pies, para que Él sane las heridas y cure los corazones. Esta presentación de la crisis al Señor puede realizarse a través de un gesto concreto de la pareja ante el Santísimo —colocando un objeto, un símbolo—, durante un sencillo momento litúrgico. Otro modo en que las parejas pueden experimentar que el Señor «se queda con nosotros» es a través de una celebración penitencial. Es de suma importancia, en los momentos de crisis, acercarse al sacramento de la reconciliación. Nada como el perdón recibido del Señor para ayudar a curar las heridas y a perdonar al cónyuge. El sacramento infunde entonces al alma gracias especiales de reconciliación: la reconciliación con Dios, con uno mismo y con su pasado, con el prójimo. Todo esto ayuda a curar las divisiones y el distanciamiento «interno» entre los cónyuges con el bálsamo de la reconciliación y del perdón.
  • Tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio (Lc 24,30) – Celebración eucarística. Se puede proponer a las parejas una o varias celebraciones eucarísticas para ayudarles a experimentar que Jesús está vivo y presente incluso en medio de la crisis. Él es quien cada vez se convierte en «pan partido para nosotros», que ha experimentado el sufrimiento del rechazo y la incomprensión, convirtiéndolo en una ocasión de amor y donación para todos. Esta es la gracia que también pueden recibir las parejas: no quedarse encerradas en el propio sufrimiento, sino transformarlo en una ocasión de mayor amor y de renovada donación mutua.
  • Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron.  […]  En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén (Lc 24,31.33) – La conclusión del proceso. También se pueden proponer a las parejas momentos de distensión y celebración juntos. Incluso en las crisis, nunca hay que perder la esperanza y no hay que abandonarse a una visión negativa de la vida. Descubrir la presencia de hermanos en la fe que están a nuestro lado y nos apoyan puede reavivar la confianza y la alegría en nuestros corazones. Los encuentros conclusivos del proceso podrían ayudar a las parejas a «volver a Jerusalén», es decir, a continuar en la vida matrimonial con una nueva sabiduría adquirida a través de la crisis, poniendo en valor lo aprendido y convirtiéndose también en testigos ante otras parejas de lo vivido y de su encuentro con Jesús viviente. Sin embargo, no se trataría de una despedida definitiva. La vida siempre presenta nuevos retos y las crisis pueden no superarse del todo. Es bueno, por lo tanto, que los acompañantes digan a las parejas que siguen dispuestos a acogerlas, escucharlas y apoyarlas en el futuro. Cuando se ha creado un clima de confianza, las parejas pueden seguir teniendo a alguien a quien recurrir en caso de necesidad. Los acompañantes deben hacer sentir a las parejas que la Iglesia está siempre a su lado, como una madre siempre dispuesta a acoger a sus hijos. Conviene repetir que, a lo largo del proceso, además de las reuniones de grupo, puede ser necesario seguir manteniendo reuniones individuales con cada pareja. Si, de hecho, es de gran ayuda y estímulo escuchar la experiencia de otros —como puede ser el caso en los momentos de puesta en común—, en otras ocasiones, las parejas pueden sentir la necesidad de una confrontación más personal y una mayor confidencialidad para sentirse libres de hablar de sus dificultades.

92. El modelo propuesto hasta ahora es sólo un ejemplo para mostrar cómo este camino de acompañamiento de las parejas en crisis puede seguir también el estilo del itinerario catecumenal de preparación al matrimonio descrito anteriormente. También en este caso, la metodología no debe limitarse a proponer «conferencias» y transmitir nociones, sino que debe facilitar una experiencia de cercanía humana y espiritual, con la implicación de la comunidad cristiana, alternando momentos de profundización en la fe y momentos de encuentro, de oración, de escucha, de compartir, con gestos rituales, celebración de los sacramentos, marcados por etapas progresivas de crecimiento, invitando al discernimiento, haciendo un anuncio kerigmático, etc. Cada Iglesia local, por lo tanto, podrá desarrollar su propio itinerario, con su propia forma de proceder o inspirándose en otros «modelos bíblicos» distintos al aquí propuesto: por ejemplo, el encuentro del samaritano con el hombre malherido (Lc 10,25-37), el hijo perdido que vuelve con su padre (Lc 15,11-32), el vino agotado y de nuevo abundante en las bodas de Caná (Jn 2,1-12), el encuentro de la samaritana con Jesús y el descubrimiento del agua viva que sacia toda sed (Jn 4,1-43), etc.

93. A pesar de todo el apoyo que la Iglesia puede ofrecer a las parejas cristianas, hay, sin embargo, situaciones en las que la separación es inevitable. «A veces puede llegar a ser incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, el desaliento y la explotación, la ajenidad y la indiferencia». Sin embargo, «debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil». En estos casos, «un discernimiento particular es indispensable para acompañar —también— pastoralmente a los separados, los divorciados, los abandonados. Hay que acoger y valorar especialmente el dolor de quienes han sufrido injustamente la separación, el divorcio o el abandono, o bien, se han visto obligados a romper la convivencia por los maltratos del cónyuge. El perdón por la injusticia sufrida no es fácil, pero es un camino que la gracia hace posible. De aquí la necesidad de una pastoral de la reconciliación y de la mediación, a través de centros de escucha especializados que habría que establecer en las diócesis».

94. Al mismo tiempo, «hay que alentar a las personas divorciadas que no se han vuelto a casar —que a menudo son testigos de la fidelidad matrimonial— a encontrar en la eucaristía el alimento que las sostenga en su estado. La comunidad local y los pastores deben acompañar a estas personas con solicitud, sobre todo cuando hay hijos o su situación de pobreza es grave». Pocos lugares les prestan atención pastoral. Su situación particular, alimentada por el don de la fidelidad al sacramento del matrimonio, por otra parte, puede ser un testimonio y un ejemplo para las parejas jóvenes, pero también para los sacerdotes, que pueden descubrir y «ver» en la vida de estas personas la presencia constante de Cristo esposo, fiel incluso en la soledad y el abandono: una soledad «habitada», marcada por la intimidad con el Señor y el vínculo con la Iglesia y la comunidad, que se hace presente y compañera de camino. La dimensión nupcial de las dos vocaciones —orden y matrimonio— se manifiesta en estos casos, una vez más, en toda su belleza y complementariedad. En este sentido, también es necesario descubrir dentro de la Iglesia el protagonismo pastoral de los fieles separados, que pueden desempeñar papeles significativos en la comunidad y a su vez ser de ayuda a los demás.

Conclusión

Las «orientaciones pastorales» que aquí se proponen, aun siendo conscientes de que no son exhaustivas, pretenden ser una ayuda y un estímulo para que las diócesis/eparquías y las parroquias elaboren sus propios «itinerarios catecumenales de vida matrimonial», según ha indicado el Santo Padre Francisco. Por lo tanto, es útil, para concluir, recordar algunas orientaciones pastorales que han inspirado la redacción de este documento y que deberían ser también la base de los documentos de aplicación similares que se elaboren en las Iglesias particulares.

En el origen de este documento está, en primer lugar, el deseo de ofrecer a las parejas una mejor y más profunda preparación al matrimonio, mediante un itinerario suficientemente amplio, inspirado en el catecumenado bautismal, que les permita recibir una adecuada formación para la vida conyugal cristiana, a partir de una experiencia de fe y de un encuentro con Jesús; que no se limite, por tanto, a unos pocos encuentros próximos a la celebración, sino que les permita percibir el carácter casi «permanente» de la pastoral de la vida conyugal que la Iglesia pretende llevar a cabo.

Toda la comunidad eclesial ha de implicarse en la tarea de acompañar a las parejas, en un camino compartido entre sacerdotes, cónyuges cristianos y agentes de pastoral, en el que los protagonistas son sobre todo los matrimonios —diferentes en edad y años de vida conyugal— que ponen su experiencia al servicio de quienes participan en el itinerario catecumenal. Para ello, es necesario un trabajo de formación y actualización, dirigido a todos, pero especialmente a los sacerdotes, para que se perciba la indispensable complementariedad y corresponsabilidad de laicos y sacerdotes/religiosos en el servicio de la pastoral familiar.

Un itinerario matrimonial de tipo catecumenal ha de ser considerado como una “herramienta pastoral» que ha de ser utilizada con discernimiento, sabiduría y el necesario sentido común, de modo que pueda ser adaptado con flexibilidad —en cuanto a los modos y tiempos de realización— a las situaciones concretas de las parejas que tenemos delante, y según las posibilidades concretas de los agentes de pastoral de la Iglesia local.

El itinerario no se limita a la comunicación de contenidos doctrinales y pretende ir más allá de la tipología clásica de los «cursos matrimoniales», para lo cual utiliza no sólo el método de la catequesis, sino también el diálogo con las parejas, los encuentros individuales, los momentos litúrgicos de oración y celebración de los sacramentos, los ritos, el dialogo entre las mismas parejas que participan en el itinerario, la intervención de expertos externos, los retiros y la interacción con toda la comunidad eclesial, que apoya y participa en el largo proceso de preparación de las parejas.

El itinerario conserva siempre, a lo largo de su duración, un carácter kerigmático; casi en cada nueva fase se vuelve, como «en oleadas sucesivas», al primer anuncio de la fe, y el propio sacramento del matrimonio se presenta como una «buena noticia», es decir, como un don de Dios a las parejas que desean vivir plenamente su amor. En cada fase del itinerario se mantienen siempre unidos el camino del crecimiento humano —formación de una armónica y sólida personalidad, superación de la inmadurez, de las cerrazones y de los miedos, dinámicas relacionales generales y de pareja, habilidades de comunicación y diálogo, etc.— y el proceso del crecimiento espiritual —aceptación del amor de Dios, conversión personal y superación de los límites morales, vida de oración, comprensión de la dimensión comunitaria y eclesial constitutiva de la fe, asistencia a los sacramentos, etc.—.

El itinerario catecumenal para jóvenes y parejas quiere inscribirse en la realidad concreta de hoy en día y no teme abordar temas y cuestiones que representan desafíos sociales y culturales: la educación en el amor auténtico que no se limita a frágiles experiencias afectivas, el reconocimiento de la riqueza y de la complementariedad de lo masculino y lo femenino, la educación en la afectividad y la sexualidad, el valor de las elecciones definitivas, el valor humano, espiritual y social de la familia, las cuestiones bioéticas, etc. De este modo, contribuye a la formación de la conciencia moral personal y a la formulación de un proyecto de vida familiar.

Las etapas de crecimiento que el itinerario propone están marcadas por rituales —en los lugares que por razones culturales no es inadecuado ni problemático proponerlos debido a la interpretación equívoca que podría darse a estos rituales— que marcan el camino que se recorre, y que dan la conciencia psicológica de estar en un punto de inflexión cada vez que llama a dar un nuevo paso adelante, a nivel de madurez humana y espiritual y a nivel de toma de decisiones, con vistas a la meta de la vida matrimonial cristiana.

El itinerario se divide en tres grandes fases: la etapa de preparación remota, que abarca la pastoral infantil y juvenil, una fase intermedia de acogida y la fase catecumenal propiamente dicha, que a su vez comprende tres etapas distintas. Una primera etapa de preparación próxima, más larga y de duración variable; una segunda etapa de preparación inmediata, más corta, y una tercera etapa de acompañamiento de las parejas en los primeros años de vida matrimonial, que termina con la inclusión de la pareja en la pastoral familiar ordinaria de la parroquia y la diócesis/eparquía.

El itinerario pretende unir, desde la infancia, el descubrimiento de la fe cristiana y la iniciación a los sacramentos con el descubrimiento de una vocación matrimonial o sacerdotal/religiosa. Sin embargo, la presencia, ya muy extendida, de parejas de hecho con hijos que piden matrimonio en la Iglesia requiere, paralelamente a la pastoral vocacional evolutiva que aquí se propone, el desarrollo de itinerarios locales centrados en la realidad concreta de estas parejas, que sin duda necesitan un cuidado y una atención especiales respecto a las parejas de novios que de alguna manera ya tienen una experiencia de vida cristiana.

Partiendo de la experiencia de un acompañamiento pastoral personalizado, basado sobre todo en el testimonio de los acompañantes y de otros matrimonios implicados en el camino, se trata de conducir en cada caso a un serio discernimiento personal y de pareja, para que la celebración del matrimonio y la vida conyugal sean el fruto de una decisión consciente, libre y alegremente asumida, y no la simple conformidad pasiva con una tradición cultural o una formalidad social.

El itinerario, a la vez que prepara a las parejas para el sacramento del matrimonio, las inicia en la vida eclesial y las ayuda a encontrar en la Iglesia el lugar donde alimentar, especialmente a través de los sacramentos, el vínculo matrimonial y donde seguir creciendo a lo largo de la vida en su vocación y servicio a los demás, desarrollando así plenamente su identidad esponsal y su misión eclesial.

Asimismo, hay que prestar especial atención al acompañamiento de las parejas casadas en crisis. En efecto, es urgente establecer en cada realidad local un servicio pastoral dedicado a las personas cuya relación conyugal se ha roto o está en gran dificultad, también con el apoyo de una pastoral de la reconciliación y de la mediación para salvaguardar el vínculo y prevenir, en lo posible, las separaciones.

Aunque la hazaña de poner en marcha un camino de formación tan duradero pueda parecer inviable, exhortamos a las Iglesias particulares a tener valor y a entrar en una correcta actitud de fe, sabiendo que, como nos enseñó Jesús, las obras del Reino siempre empiezan como un pequeño grano de mostaza, pero con el tiempo pueden convertirse en un gran árbol que ofrece cobijo y protección a quienes lo buscan y necesitan. Al ofrecer a las nuevas generaciones itinerarios de crecimiento catecumenal con vistas al matrimonio, se responde a una de las necesidades más urgentes de la Iglesia de hoy, es decir, a la necesidad de acompañar a los jóvenes hacia la plena realización de lo que sigue siendo uno de sus mayores «sueños» y una de las principales metas que se proponen alcanzar en la vida: establecer una relación sólida con la persona amada y construir sobre ella una familia.

Confiemos este trabajo a la intercesión de san José, esposo de la Virgen y custodio del Redentor, y a María Santísima, madre de Jesús y madre de la Iglesia, para que nos infundan amor por todas las familias del mundo y un celo inagotable para trabajar en su servicio.

TEMA 14: ITINERARIOS CATECUMENALES PARA LA VIDA MATRIMONIAL (3).

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