Por Juan María Gallardo. Cuentos para reflexionar y orar: La historia de la silla

 

1. La historia de la silla

La hija de un buen hombre pidió al sacerdote que fuera a su casa para atender a su padre, que estaba muy enfermo.

Cuando el sacerdote llegó a la habitación de José, lo encontró en su cama con la cabeza calzada por un par de almohadas. Había una silla al lado de su cama, y pensó que el hombre sabía que vendría a verlo.

“Supongo que me estaba esperando, ¿verdad?”

“No, Padre, no sabía que vendría a visitarme…”

“Ah…, entonces me equivoqué…; cuando vi la silla vacía al lado de su cama supuse que usted sabía que yo vendría a verlo»

“Oh, sí, la silla”, dijo –pensativo- el hombre enfermo. ¿Le importaría cerrar la puerta, Padre?

“Sabe, Padre, me he pasado toda mi vida la he pasado sin saber cómo se debe rezar… Cuando he estado en la Iglesia he escuchado que se debe orar y los beneficios que trae…, pero siempre esto de las oraciones me entró por un oído y me salió por el otro, pues no tengo idea de cómo hacerlo. Por este motivo, durante mucho tiempo la abandoné por completo.

Esto duró hasta hace unos cuatro años. Conversando con mi mejor amigo me dijo: ‘José, esto de la oración es fácil; se trata de tener una conversación con Jesús, como las que tenemos nosotros. Además, te sugiero que lo hagas como yo: sentate en tu sillón y colocá otra silla vacía  enfrente; luego con fe miras a Jesús sentado delante tuyo. No es algo alocado, pues Él nos dijo: Yo estaré siempre con ustedes’.

Lo hice una vez y me gustó tanto que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias desde entonces. Siempre tengo cuidado que no me vaya a ver mi hija…pues me internaría inmediatamente en el manicomio».

El sacerdote se emocionó al escucharlo y le dijo que era muy bueno lo que estaba haciendo, y que no cesara de hacerlo.

José se confesó y recibió la Unción y la Eucaristía.

Dos días después, la hija de José llamó al sacerdote para decirle que su padre había fallecido. El sacerdote le preguntó: «¿Falleció en paz?»

“Sí, cuando estaba por salir de la casa -a eso de las dos de la tarde- me llamó. Me dijo lo mucho que me quería y me dio un beso. Cuando regresé de hacer las compras, una hora más tarde, lo encontré muerto.

Pero hubo algo que me extrañó un poco: no sé bien por qué, pero se ve que hizo un cierto esfuerzo por acercase a la silla que estaba al lado de su cama; lo encontré con su cabeza apoyada en ella. ¿Qué cree usted que pueda significar esto?»

El sacerdote tuvo que esperar un poco a que se le pasara la emoción y, con palabras entrecortadas dijo: «Ojalá todos pudiéramos morir de esta manera».

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