IGLESIA, ¿QUÉ TE ESPERA EN TU FUTURO? (9). La urgente formación de un discipulado martirial

Por Silvio Pereira.

El ‘estado de la fe’ totalmente al descubierto

Las personas se conocen en las crisis. Se trata para mí de una inestimable ‘sabiduría de vida’. Yo mismo he sabido quién soy cuando las ‘cosas se ponen feas’. Así las personas que parecen ser de un modo, a veces se revelan tan distintas en los tiempos de crisis. La espiritualidad cristiana sabe que las arideces del desierto y las desolaciones purificadoras nos permiten discernir nuestras raíces. ¿Qué tan arraigados estamos en el Señor?

La pandemia ha dejado expuesta la situación de fe que vive la Iglesia. Y han quedado al descubierto —según mi visión— tres rasgos sobresalientes:

– La poca resistencia que se ha ofrecido a la cancelación de la celebración de la Pascua y la pronta y prolongada suspensión de la participación de fieles en la Eucaristía.

– El predominio del miedo a la enfermedad y a la muerte como criterio fundante de acción.

– La opción mayoritaria de los cristianos resguardándose para sobrevivir, dejando sólo una minoría de voluntarios sosteniendo la caridad pastoral en la ‘primera línea’.

Bajo estos indicadores supongo las siguientes debilidades:

– Poca fe y esperanza en la Gracia salvífica expresadas en la Pascua y la Eucaristía. O al menos una concepción de la ‘Gracia que lo haría todo sin nosotros’, pues permanecemos como meros beneficiarios o espectadores de la ‘gesta divina’. Es decir, la resistencia a apropiarse de la Gracia por el camino de identificación personal con el Sacrificio Redentor, la débil cultura eclesial sobre la entrega de la vida para llegar a ser con gozo la Iglesia ‘víctima ofrecida’ y ‘ofrenda permanente’. O más fácil: el rechazo práctico de la Cruz.

– Poca fe y esperanza salvífica dirigida a la Gloria del Cielo. O sea una fe inmanentizada y un Dios reducido a ser funcional a nuestras necesidades mundanas. Una tremenda pérdida del horizonte escatológico y con ello de la trascendencia. Por ende un concreto aferrarnos a esta vida como si no hubiese otra y un creciente egoísmo para vivir en la historia.

– La consecuencia es otra debilidad: una caridad y un servicio hechos ‘con ciertas garantías y sin riesgos sólo en tiempos habituales’, o sea, un asistencialismo vaciado de la verdadera caridad servicial que siempre ‘pone el propio cuerpo’, que ofrece con disponibilidad el testimonio martirial. Una cruda verdad: nuestro amor no es capaz de sostener, cuando verdaderamente hace falta, la ‘Iglesia hospital de campaña’ que publicitamos.

El resquebrajamiento de algunas líneas de estructuración teologal

Creo que no me encuentro entre la mayoría de los discípulos sino entre una minoría que se preocupa por los índices recientemente expuestos, advirtiendo en ellos un verdadero ‘problema de fe’ y anticipando el resquebrajamiento de cierta ‘estructuración teologal’ que nos venía conduciendo.

¿Dónde han quedado las preocupaciones petrinas de San Juan Pablo II sobre el Domingo, Día del Señor y la recuperación del Sacramento de la Reconciliación? No parece nada fácil en el futuro, a una feligresía que venía disminuyendo ostensiblemente en la práctica sacramental, insistirle sobre su valor.

Menos aún después que la misma Iglesia ha suspendido y aún no ha recuperado la normalidad de la Eucaristía, del Bautismo y los restantes sacramentos. Menos aún después que la propia Iglesia —con buena intención pastoral— ha recurrido a la doctrina del acto de contrición perfecta en peligro de muerte y en ausencia del sacerdote pero comunicándolo de tal modo que pareció entenderse que cada quien puede ‘confesarse directamente con Dios’; una comunicación donde no se advierte la excepcionalidad y puede dar lugar a una interpretación habitual.

Menos aún después de que la propia Iglesia para no poner el foco en la ‘Eucaristía perdida’ ha ‘puesto en valor’ —y bienvenido sea— la oración personal y el encuentro con la Palabra de Dios pero minusvalorando el hecho de que ninguna de ellas gozaba hasta el momento de una práctica intensa en gran parte de los fieles. ¿Podrá la Gracia hacer crecer estos hábitos buenos en tiempos de crisis con cristianos poco entrenados? Todo es posible para Dios. Habrá que discernir el tenor de nuestra respuesta.

La familia ‘Iglesia doméstica’

¿Dónde la preocupación petrina de San Juan Pablo II sobre la familia entendida como ‘Iglesia doméstica’, creada y llamada vocacionalmente a ser a imagen y semejanza de la Trinidad?

Una familia —que por circunstancias sanitarias— se ve más limitada de acceso a la mediación de Cristo Cabeza por el sacramento del Orden y de toda la gracia sacramental de sanación y de servicio en la cual la Eucaristía es cúspide: ¿cuenta con más o menos auxilios de la Gracia para vivir su vocación? De nuevo, convertir esta excepcionalidad en habitual —a veces con cierta ideología anticlerical por detrás—: ¿a dónde nos orienta?, ¿nos acercará a una dinámica que se asemeja más a una ‘conversión protestante’ de la fe católica que a aquella ‘familia Iglesia doméstica’ reconocida y propuesta por el Magisterio con fuerte raigambre en la teología sacramental?

El olvido de la Apologética

En medio de la pandemia se ha acelerado ese proceso donde la Iglesia parece estar cambiando y tomando otros rumbos distintos a los que venía proponiendo con insistencia. Nadie sabe con certeza si se trata de una desorientación momentánea, de una adaptación provisoria o de una verdadera crisis de identidad. ¿Dónde ha quedado aquella regla de discernimiento: ‘en tiempo de desolación no hacer mudanzas’?

Pues en este contexto advertimos que conceptos como resiliencia, reciedumbre, fortaleza, resistencia y vigor en la adversidad no parecen despuntar como los más visiblemente aplicables al estado de nuestra fe. Ha faltado ese buen combate que San Pablo exigía a San Timoteo (1 Tim 1,18b19; 6,12) pidiéndole que se comporte junto a él como un buen soldado de Cristo Jesús (2 Tim 2,3).

Creo que la causa se halla en cierto punto en el olvido de la Apologética, esa disciplina teológica que nos recordaba que la fe puede ser atacada y debe ser defendida. Tildada de ‘conservadora’ y de ‘reliquia anti-modernista’ tras el Concilio Vaticano II no se ha madurado una nueva presentación de esta área clave de la Teología Fundamental.

La formación martirial del discípulo

Pero sobre todo se trata de la ausencia de la ‘formación martirial’ en el discipulado. Ya no se enseña a ‘dar la vida por Jesús’. A veces nos preguntamos por qué la Iglesia Apostólica tenía esa increíble fecundidad en el anuncio de la fe. Solo me permito recordar dos ocasiones:

1. Nos narra el libro de los Hechos que los Apóstoles son conducidos de nuevo ante el Sanedrín quien les prohíbe seguir predicando a lo cual responden que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29). Tras el incidente y la discusión entre ellos los azotaron, insistieron en la prohibición de la prédica y los dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre. (Hch 5,42). ¿Dónde ha quedado entre nosotros hoy esa alegría por padecer con y por Jesús? ¿Cuándo resuena una arenga en tal sentido?

2. Exegéticamente suele aceptarse que el Evangelio de Marcos ha sido dado a luz poco antes, durante o inmediatamente después de la persecución de Nerón. Podríamos entonces suponer que su mensaje fundamental es el consuelo y el alivio de los perseguidos. Pero no es así. San Marcos desarrolla en su obra toda una ‘espiritualidad martirial’. Parece incitar a los discípulos a llegar hasta la Cruz y les reprocha haber dejado solo al Señor. Más bien parece invitarlos a aceptar el martirio como don, la vocación a ser crucificados con Él. ¿Qué locura no? ¿O la locura será nuestra forma de encarar la pandemia como huyendo del testimonio martirial si se nos requiere?

Desde el comienzo de la crisis he sugerido que estaríamos desorientados —’como sin brújula’— si no mirábamos a los santos. Pestes ha habido a lo largo de toda la historia de la Iglesia y mucho más tremendas que la actual. ¿Cómo se han desempeñado los santos en las pestes? Obviamente es comprensible que no podremos pedir a todos los discípulos este nivel heroico de virtudes en la respuesta evangélica. Al mismo tiempo no nos es permitido no aceptar como modelo inspirador a los santos devaluando nuestra fe. Y seguramente entre nosotros hoy hay santos que están respondiendo al modo más alto de Jesús.

La perseverancia en el buen combate de la fe

Una nueva educación y espiritualidad martirial se hace urgente entonces en la formación discipular. ‘Forjar el carácter’ parece una expresión demasiado clásica y antigua pero tan necesaria de recuperar. ‘Forjar un talante cristiano de vida’ a prueba de toda prueba. Se trata de una formación de la voluntad para hacer y permanecer solo en la Voluntad de Dios.

‘Forjar’ como se hace en la fragua, pasando del calor al frío y al golpe del martillo. Hay que templar el carácter. Se acusaba a la vida religiosa de antaño de usar excesivamente como pedagogía el mandar por obediencia cosas absurdas. Sin embargo quien obedecía se preparaba para dar una respuesta de fe cuando todo se volviese incompresible, árido y oscuro. Se preparaba para ‘pelear el buen combate a fin de preservar la fe’.

En la vida religiosa el Noviciado cumple esa función; debe excavar y poner los cimientos donde apoyar toda la vida futura del consagrado. Y un buen Maestro de Novicios es un religioso muy especial. Hacia fuera de la comunidad de novicios es como la ‘mamá gallina’ que picotea y defiende a sus polluelos con vehemencia. Pero al interior de la comunidad de novicios es como ‘el arquero que fabrica el arco’. Tensa y tensa la madera hasta que alcance la curvatura justa. Tensa y tensa la madera de la persona y hasta parece que arriesga quebrarla, la lleva hasta su último límite. Lo hace intercalando contención, abrazo afectuoso y alivio en la crisis. Pero la tensa hasta el límite porque sabe que de no ser así, si la madera no alcanza su mayor punto de flexión la cuerda al ser colocada quedará “floja” y la flecha con poco recorrido no alcanzara su objetivo. Tensa y exige a la persona para bien templarla, porque la ama y desea que alcance madurez y plenitud de vida. La ternura no excluye al vigor como dar consuelo no excluye posibilitar firmeza. Nos queda por delante y pronto un auténtico redescubrimiento de la ascética con toda su praxis penitencial y de la mística con toda su hondura de corazón.

De-formación demagógica del pueblo de Dios

Temo que los pastores por comodidad y conveniencia hayamos desarrollado cierta demagogia en la formación del pueblo. Hemos consagrado quizás la mediocridad, cierto promedio que iguala hacia abajo con ‘máscara de misericordia’. Hemos separado Misericordia y Santidad que en Dios van siempre unidas. Hemos mal acostumbrado al pueblo a la mentalidad del beneficiario y no lo hemos orientado con la misma intensidad hacia la del bienhechor. De nuevo hay que ‘forjar el carácter’ cristiano. Los tiempos que vienen necesitan de discípulos mártires que tengan su alegría en dar la vida por Jesús y el Evangelio. De nuevo nos urge educar a cristianos que quieran abrazar la Cruz. Cristianos que sólo vivan por Cristo y por amor a Él mueran gloriosamente cantando sus alabanzas.

LA URGENTE FORMACIÓN DE UN DISCIPULADO MARTIRIAL. Por Silvio Pereira.

El Padre Silvio Dante Pereira Carro es también autor del blog Manantial de Contemplación. Escritos espirituales y florecillas de oración personal.

1 COMENTARIO

  1. Muy bueno, me gustaría tenerlo en un librito. Yo no voy a la Iglesia por el Covid 19 simplemente por mi enfermedad que hace rato me cuesta caminar los dolores, pero tengo mucha fe y escucho las misas on line. Dios los bendiga a todos. AMÉN

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