EL CLERICALISMO Y LA SANACIÓN DEL SACERDOTE (2).

Continuación de El clericalismo y la sanación del sacerdote.

Por Alejandro Antonio Zelaya.

Mirando este problema desde un punto de vista psicológico, este mecanismo de negación estaría asociado a esta otra falsa actitud del clericalismo. Decimos ‘falsa’ porque no está emparentada con la verdad, la belleza, el bien y la salud. Por consiguiente, esto hace daño al sacerdote, definitivamente lo enferma. Estos rasgos de clericalismo, a veces imperceptible para el mismo sujeto, no dejan sanar al cura de esta enfermedad y de otras.

El sacerdote que padece de esta enfermedad, en definitiva, no puede comprender las llagas del Pueblo de Dios y no deja que el Pueblo pueda sanar, curar a su vez las heridas del mismo sacerdote. Este curar y dejarse curar sólo se puede dar en el marco de la vida cotidiana, en la vida de misión del pastor con olor a oveja, que sufre, llora y se alegra con su pueblo, y que éste a su vez está llamado a sufrir, llorar y alegrarse con las dolores y alegrías del pastor, llamados ambos: pueblo y pastor, pastor y pueblo, a compartir los sentimientos de Cristo, a tener entre sí y mutuamente los sentimientos de Jesús (Flp 2, 5).

Jesús también se dejó ayudar

Jesús era ayudado por discípulos y discípulas que lo acompañaban en su ministerio (Lc 8, 1-3). Aquí tenemos la base, el fundamento de esta propuesta que implica para el sacerdote: ‘dejarse sanar por el Pueblo’, compartiendo los dolores del mismo como un hermano más. El dejarse sanar por el pueblo no implica «valerse de las ovejas» para fines egocéntricos del pastor, sino que, al modo de Jesús, vivir los dolores del pueblo como sus propios dolores y luchas, para entregar la vida. Así el pastor va sanando —sanándo-se y sanando a otros — en su misión que no es otra que servir. El que se entrega puede sanar porque sale de sí mismo y cumple su misión de amor.

Podríamos quizás mirar y contemplar las llagas del santo Padre Pío. En él quizás más que en cualquier otro sacerdote vemos las llagas visibles en el misterio de su vida. Llamado especialmente a la pastoral del consuelo, sobre todo en la confesión —sacramento de curación— y la guía y orientación espiritual a los que necesitaban de un pastor y médico de los corazones, supo también atender con la caridad de Cristo paciente, glorioso y sufriente, las necesidades y las enfermedades de los cuerpos y de las almas. No le faltaron sufrimientos y pruebas pero nunca se alejó del hermano que padecía, aún en los momentos en que la Iglesia no lo entendía. El santo Padre Pío, herido por la Iglesia, y herido de amor, desempeñaba su misión sanando y curando a heridos, como otro Cristo sufriente, en el hospital de campaña de su tiempo y lugar.

En nuestros hospitales de campaña actuales de la Iglesia y de la sociedad mundial de hoy, es bueno que surjan proyectos de atención y sanación de los sacerdotes desde las distintas comunidades.

Que el Espíritu suscite en medio del Pueblo de Dios la capacidad de poner la mirada en las enfermedades y dificultades de los presbíteros y hacer algo por ellos. Y que éstos últimos puedan aceptar su debilidad y enfermedades, pidiendo ayuda y dejándose secar el rostro débil y sufriente por el paño de la Verónica que consuela. ¡Cuántas Verónicas esperan consolar a Cristo Sacerdote en sus sacerdotes! Verónicas que alejan toda posibilidad de clericalismo y alejamiento del sacerdote del Pueblo de Dios, sino que en ellas y a través de ellas el cura podrá experimentar que él mismo es pueblo de Dios con las mismas pruebas y sufrimientos de Jesús en el camino de la cruz. Sin esto no hay redención, ni sanación en el pueblo de Dios.

De esta manera, el ícono verdadero de Cristo se mostrará más en sus sacerdotes y en su pueblo, imagen sin mancha ni rastro de clericalismo, cuando todos se consideren de la misma naturaleza humana, fraterna, llamada a ´lavarse los pies los unos a los otros’.

El padre Alejandro Antonio Zelaya es licenciado en Psicología y miembro del Equipo de Formación Permanente del Clero de la diócesis de Avellaneda-Lanús.

EL CLERICALISMO Y LA SANACIÓN DEL SACERDOTE (2).

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