Por Juan María Gallardo. Cuentos para reflexionar y orar: Los ojos eran verdes

 

Los ojos eran verdes

En casa de mi amigo Carlos, escribe Martín Descalzo, han vivido esta semana una muy curiosa tragicomedia. La cosa empezó cuando, a media tarde, mientras mi amigo, encerrado en su despacho, ponía al día los muchos papeles atrasados, entró su hijo Carlitos, el pequeño, y le preguntó:

– Papá, ¿de qué color son los ojos de mamá?

Carlos tardó en reaccionar unos cuantos segundos. Y al final tartamudeó:

– «¿Qué has dicho?»

– «Te pregunté de qué color son los ojos de mamá. Es que nos han pedido en el colegio una redacción sobre cómo es nuestra madre; el color del pelo me lo sé, pero el de los ojos»….

El niño miraba a su padre con la exigencia de un inspector de impuestos; y Carlos cayó en la cuenta de que no podía responder a una pregunta tan elemental. Se dio cuenta que, antes de casarse, se ‘sabía’ de memoria los ojos de su novia, pero que ahora, tras 22 años de casado lo había olvidado

El problema creció cuando tampoco Rosa, la hija mayor ni las otras tres hermanas lo sabían. Y los cinco sentían crecer, dentro de ellos, una enorme vergüenza. Por eso, cuando Elisa regresó de la compra: «¡Verde! ¡Verde! ¡Verde!», gritaron los cinco de la familia y Elisa no entendía nada al ver que los cinco de la casa contemplaban su rostro como si tuviera pintado monos en la cara. Y descubrían —o redescubrían— que los ojos de su madre y su esposa eran infinitamente más bonitos de lo que ellos imaginaban.

¿Qué nos dice este cuento? Que conocemos tantas cosas de ninguna importancia como el nombre de los jugadores de fútbol, de los artistas de las películas, la características y prestaciones de las distintas marcas de los autos y no conocemos con quienes vivimos días y años juntos.

El conocimiento de las personas con sus cualidades y características únicas e inconfundibles es un tipo de saber que supera todo tipo de saber científico.

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