Corea del Sur premia a sacerdote misionero irlandés como ‘Inmigrante del Año’

Corea del Sur premia como 'Inmigrante del Año' a Donal O'Keeffe, un sacerdote irlandés de la Sociedad Misionera de San Columbano que desde hace más de 40 años ayuda a los trabajadores de barrios vulnerables. O'Keeffe fundó con las Hermanas del Sagrado Corazón una 'casa abierta', donde se reúnen los trabajadores, que a veces son muy jóvenes, de 15 o 16 años. «La mayoría de ellos había abandonado sus estudios después de la escuela media. Eran personas que se sentían terriblemente inferiores por no haber estudiado», sostuvo el presbítero.

Corea del Sur premia a sacerdote
Foto: The Korean Times/Yonhap.

Corea del Sur premia recientemente como ‘Inmigrante del Año’ a Donal O’Keeffe, un sacerdote misionero irlandés de la Sociedad Misionera de San Columbano que desde hace más de 40 años ayuda a los trabajadores que viven barrios vulnerables, también conocidos como ‘barrios de chabolas’. Las autoridades del país otorgan cada año un reconocimiento a quienes trabajan por el progreso del país en el ámbito social.

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O’Keeffe, de 70 años, precisó que actualmente el país —todavía influenciado por el confucianismo y en el que el nivel de educación determina el prestigio social— «cambió; la pobreza está más escondida, pero la gente se siente aún más aislada». El presbítero, que asiste a los trabajadores que se trasladan de los barrios marginales a los distritos industriales de las ciudades, llegó a Corea del Sur en 1976, cuando el país aún estaba marcado por la dictadura militar y la fuerte represión. «Cualquier tipo de asociación estaba prohibida en aquella época; las iglesias eran el único lugar donde uno se podía reunir», recordó. El sacerdote misionero, al que premia Corea del Sur, fundó con las Hermanas del Sagrado Corazón una ‘casa abierta’, donde los trabajadores —que a veces son muy jóvenes, de 15 o 16 años— pueden reunirse y compartir sus problemas, sueños y aspiraciones.

«La mayoría de ellos había abandonado sus estudios después de la escuela media. Eran personas que se sentían terriblemente inferiores por no haber estudiado, con una autoestima muy baja por la presión social. Empezamos con programas de crecimiento personal, creamos grupos en los que los jóvenes podían hacer amigos o realizar distintas actividades, desde aprender a tocar la guitarra hasta ir de excursión a la montaña», explicó padre O’Keeffe. «Antes, cuando había barrios marginales, la vida era peor en apariencia, pero lo cierto es que la calidad de las relaciones humanas era mejor. Se ocultó la pobreza, pero las personas se fueron aislando cada vez más», consideró.

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