ABBA MONTAÑA 4 (PARTE II).

Continuación de Abba Montaña 4 (Parte I).

Por Silvio Pereira.

Y Abba Montaña volvió con el tiempo.
Lo encontró recogido en la caverna,
enteramente quieto y silencioso,
con su mirada desde la oscuridad clavada
en la serena luminosidad del cielo.
Lo llamó paternalmente;
primero le mostró el precipicio allá abajo
y luego le hizo voltear ciento ochenta grados
para que al levantar su mirada hacia arriba
descubriera imponente y próxima la cumbre.
-Ahora sube.
-Pero Abba, es casi una pared vertical.
Ciertamente el ascenso era de gran peligro.
-Sé uno con la Roca.
El discípulo pegó su cara y su pecho al macizo,
sus manos y sus pies se hundieron en las grietas,
y dando la espalda al precipicio
comenzó a ascender sufridamente.

Segunda ola o conmovedor terremoto

Excavaciones y desgarros son la mejor expresión que encuentro para significar este segundo momento purificador. Porque si la primera depuración del alma la ayudaba a liberarse y desvincularse del mundo  en el sentido negativo de una mentalidad y ambiente opuesto a Dios y a su proyecto—, este segundo tiempo es más íntimo; porque es desde adentro, desde el corazón del hombre donde surgen los males y las impurezas como enseñaba el Señor. ¡Cuánta oscuridad con sus raíces ocultas, subrepticias, camufladas vive en nosotros!

A menudo percibo pastoralmente aquello que también señalaba Jesús: quienes creen no tener pecado permanecen el él y no lo advierten. No pocas veces es claramente indicio de tentación ese andar como superados por la vida de la Iglesia; cristianos que se creen modernos y progresistas, embanderados bajo una falsa misericordia que todo lo admite y convalida para mostrar amplitud e inclusión. Pero no se dan cuenta que solo transitan el derrotero de una complicidad degradante. Han negociado convivir con el mal.

Obviamente tampoco es sano el otro extremo enfermizo de los escrupulosos, que desesperando de la Gracia y del Amor Divino, piensan que no hay remedio posible y que ellos ya están condenados sin salvación. Ni el falso camino de los puristas desamorados que en todo ven al Demonio y no pueden ya parece percibir tanta bondad, verdad y belleza en el mundo creado que pervive silenciosa y fecunda.

Pero en procesos sanos de maduración de la fe sucede que el pecado es descubierto en uno, también en los demás, pero fundamentalmente en uno. ¿Cómo ha crecido semejante podredumbre en mi interior? ¿Desde cuándo esta infección purulenta me habita? Y no se trata de una exageración sino de una mirada a la luz de la Gracia. Como se suele decir una habitación cerrada, sumida en la oscuridad, no permite distinguir casi nada y quien abre la puerta y se adentra no tardará torpemente en lastimarse chocando contra el amueblamiento. Pero basta que abra un poco la ventana que ya distinguirá los objetos con sus dimensiones. Y cuánto más abra la ventana, todo estará más claro a su mirada. Y si la abre de par en par ingresará tanta luz que le parecerá que en sus rayos puede percibir los corpúsculos diminutos del polvo en el aire.

Cuanto más el alma se acerca a Dios, permítanme decirlo mejor, cuánto más el alma acepta que Dios se le acerque, más luz de Gracia hace más perceptible el pecado tanto en sus detalles más delicados como en sus raíces más hondas y ocultas. Insisto pues en el «más». En continuidad con los oscurecimientos y su apatía de mundo, el Señor avanza para que el contemplador descubra la inmensa obra de purificación que debe hacerse en su interior. Esta hora suele ser concomitante con los tiempos extáticos y es habitual que tanta comunicación de Amor Divino se recorte sobre una sana conciencia de desproporción. El contraste entre la Santidad del Amador Amado y la condición pecadora de su amado amador se hace siempre más evidente. Más se dona Dios y acaece mayor gozo de amor y mayor sufrimiento por verse uno tan bajo. Es propio de una autentica experiencia del Amor Divino que quien es así agraciado se sienta inmerecidamente favorecido y se duela de estar tan poco a la altura.

Ahora bien, las purgaciones de esta etapa son tan cruciales y van tan a lo esencial, que son tremendamente dolorosas espiritualmente en Amor. No he podido describirlas sino como una excavación que parece nunca va a terminar y siempre apunta más hondo. Un movimiento del todo interior y profundo que desde un punto desciende hasta la raíz de todo pecado para extirparla. Otras veces más bien sucede cual movimiento ascendente de una garra afilada —en verdad el toque del Señor Amado es caricia delicada de Amor que en desproporción y contraste así se percibe por el alma imperfecta en la adhesión plena a su Voluntad—. Ese toque suave de Dios sin embargo parece desmoronar las paredes interiores, desgarrarlo todo adentro. Deja al contemplador desnudo y desapegado, más pobre y humilde, más simple y pacificado.

Debo insistir en la concomitancia del Amor Divino que se comunica con estas purgaciones. Pues si no fuera por este Amor el alma quedaría como aniquilada, nadie podría soportar semejantes trabajos si el Señor no lo sostuviera. A veces he pensado estas purgaciones en analogía con el Purgatorio.

Pues si la primera ola se dirige a la apatía de mundo, la segunda —cual conmovedor terremoto— se encamina a la purificación de la carne. Nuestra condición humana debe ser devuelta a aquella inocencia agraciada que el Padre quiso para nosotros en Cristo, su Hijo.

Desnudez, poder de nuevo estar frente a Dios con simplicidad de hijos y no como el Adán rebelde. Un gran desasimiento interior se opera en Gracia para que la libertad quede liberada, quiero decir ya desenraizada del pecado y de su seducción y vuelta alegremente a su Señor, ágilmente disponible a adherirse solo a su Voluntad.

Aquí es la virtud teologal de la Esperanza quien resulta acrecida. El alma ya está disponible a recibirlo todo de Él, a esperarlo todo en Él y solo en Él. Quienes son pobres de espíritu lo podrán tener todo y verán a Dios. Habrá siempre Esperanza para el alma pobre, pequeña y humilde. Este vaciamiento interior de cuanto impuro ocupaba y obstruía, ha sido como un parto. ¿Qué se ha dado a luz? Una nueva y vigorosa receptividad amante, una disponibilidad ungida en el Espíritu. Docilidad filial. Desnudez y paz.

ABBA MONTAÑA 4 (PARTE II). Por Silvio Pereira.

El Padre Silvio Dante Pereira Carro es también autor del blog Manantial de Contemplación. Escritos espirituales y florecillas de oración personal.

2 Comentarios

  1. De nuevo, sorprendida.Silvio esta ingresando cada dia mas, a esa comprensión de la realidad que lo lleva a decir cosas tan maravillosas como que la puerta a la oración es la Cruz… Las habitaciones escondidas que nos invita a descubrir son tan crudas que no pierde tiempo en decorarlas y solo las describe llena de muebles invitandonos a abrir bien las ventanas aunque nos descubramos sucios y desordenados y nos duela. En esta notas nos dice cosas tan profundas. Que debere volver a releerlo para entender al menos la Nada de mi existir. Gracias!!

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