LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA Y LAS LECCIONES DE LA HISTORIA (7). Y ahora, ¿la Eucaristía ha quedado demasiado cerca?

Continuación de Una Iglesia que busca sus fuentes.

Por Silvio Pereira.

Preparación y celebración del Concilio Vaticano II

A todos nos han enseñado que este hito eclesiológico fue preparado durante toda la primera mitad del siglo XX por los movimientos bíblico, patrístico y litúrgico. Se trató de un gran dinamismo espiritual que buscaba en las fuentes la identidad de la Iglesia. Sí, la Iglesia que había visto desmoronarse el proyecto de la Cristiandad frente a la prepotencia Moderna, necesitaba volver a comprenderse a sí misma. Y cuando el mundo cambia drásticamente y uno se siente desorientado y perdido no hay otra solución que volver al útero, a las raíces, a la primera casa. Con pasión algunos se sumergían en las aguas originales mientras no pocos miraban con recelo y temor la iniciativa. Y esta dicotomía interna fue tal vez providencial.

Tomemos el ejemplo del movimiento bíblico. La verdad es que los estudiosos protestantes ya habían hecho grandes avances en el acercamiento científico a las Sagradas Escrituras. Obviamente sus trabajos circulaban y los estudiosos católicos no solo los conocían sino que habían comenzado a practicar los modernos métodos exegéticos. Y mientras la jerarquía titubeaba sobre los pasos a dar todo crecía como en una olla a presión. Cuando finalmente se permitió la práctica de estas ‘novedades’, todo lo contenido y procesado en sigilo afloró como al unísono causando un gran impacto en la vida eclesial.

Así sucedió en general, con teólogos silenciados y con prohibición de publicar su investigación, que después terminaron siendo considerados padres del Concilio y casi próceres del nuevo tiempo. La década previa al Concilio fue efervescente en divulgación de las fuentes eclesiales y en interpretaciones que intentaban actualizar aquel espíritu de los comienzos al hoy de la Iglesia: aggiornamento se lo llamó.

Y el Concilio Vaticano II realmente fue un hecho impresionante. No sólo por la amplia participación de padres conciliares, peritos e invitados venidos de todas las latitudes, sino por su propia novedad: no se trataba primariamente —como sucediera en el pasado— de definiciones dogmáticas sobre temas controversiales que debían ser resueltos definitivamente sino de ¿un empeño pastoral? La Iglesia quería darse una respuesta sobre sí misma, decir su identidad y justamente en su relación con el mundo contemporáneo. Estaba buscando clarificar su identidad y misión, su razón de ser. Solo plantearlo resulta altamente inquietante y nos hace palpar la envergadura de este tiempo bisagra.

El Concilio respiraba además en la atmósfera mundana de sus días que preveían grandes revoluciones y transformaciones llenas de esperanza. Diría que un excesivo optimismo  —quizás hasta ingenuo— se contagiaba. Pero como ya se afirmó, «esperando la primavera sobrevino el otoño». Y no sólo a la Iglesia, sino a ese mundo de ‘floricriaturas hippescas’ de los sesenta que se ensoñaban con libertades paradisíacas terrenas. A ellos los setenta se les llenó de sangre y violencia. A la Iglesia, su intento de diálogo fraterno y confiadamente abierto, le sorprendió quedando inmersa en una brutal crisis vocacional que no ha cesado hasta el presente.

Lección cuarta: Y ahora, ¿la Eucaristía ha quedado demasiado cerca?

No vamos a discutir si todos los cambios vividos tras el Concilio estaban contenidos en sus textos o fueron el resultado de una praxis superadora. Quienes miran el ‘cuerpo’ conciliar hablarán de avasallamiento y de cierto extremismo interpretativo que ha ido más allá de la intención original. Los otros se defenderán con el remanido ‘espíritu del Concilio’. Y ya intuimos que hay compromisos afectivos de las generaciones y sesgos algo ideológicos también.

Como ya lo he expresado, mi posición personal es que necesitamos la ausencia de las generaciones involucradas aún de primera mano. El tiempo hará esa obra. Requerimos que las futuras generaciones nacidas hasta con cierta distancia histórica puedan provocar una relectura más objetiva del Concilio. La receptio es un proceso casi ‘digestivo’, una serena maduración eclesial.

Por lo pronto, y retomando el tema de la comunión eucarística, sin duda el acceso diario al Pan de Vida es un don como lo es el poder celebrar la Misa en la lengua vernácula. También es un regalo el nuevo rol del Presbítero como presidente que dialoga, anima y coordina ministerios de cara a la asamblea litúrgica. Es una merced la recuperación de la fiesta por la Vida Nueva del Resucitado entre nosotros.

Pero también parece un demérito que estando más accesible el Sacramento de la Fe se siga sin conseguir la participación dominical según el precepto. Se nota también cierto aire de banalidad que tienta al Pastor a convertirse en una suerte de ‘animador’ o showman concentrando sobre sí mismo toda la atención. Así la dimensión horizontal o fraterna a veces prepondera tanto en las celebraciones que no se es consciente del Misterio y de la primacía de Dios, la liturgia termina siendo más obra nuestra que Suya, más un encuentro con los hermanos que con el Señor de la Gloria.

Por último se ha diluido ciertamente el carácter sacrificial, entonces los fieles esperan consuelos y buenas noticias pero se resisten al lenguaje propio de la entrega de la vida. «¿Yo he venido aquí para transformarme en víctima ofrecida y ofrenda permanente?». El principio lex orandi lex credendi no se realiza efectivamente pues la asamblea permanece en general desvinculada de los textos litúrgicos y de su sentido de fe.

Nuestra forma posconciliar de celebrar y vivir la Eucaristía no parece haber logrado pues el suficiente influjo pedagógico para configurarnos a Cristo, nuestra Pascua. Y así quizás nos encontramos en un movimiento pendular, pasados de eje hacia el otro extremo. La Eucaristía ‘demasiado cerca’ se ha desacralizado y se ha perdido el asombro por ella, se la ha ‘naturalizado’ y al tenerla tan disponible tal vez se la ha devaluado.

Y AHORA, ¿LA EUCARISTÍA HA QUEDADO DEMASIADO CERCA?. Por Silvio Pereira

El Padre Silvio Dante Pereira Carro es también autor del blog Manantial de Contemplación. Escritos espirituales y florecillas de oración personal.

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