SAN PEDRO CLAVER, PRESBÍTERO.

Por David Saiz.

San Pedro Claver nació en Verdú, Cataluña, España. Estaba emparentado con la ilustre familia de los Requeséns. Estudió con un tío suyo, canónigo de Solsona. Pero no valía para él la lamentación de santa Teresa: «Dios los llama para santos, y en canónigos se quedan». Él aspiraba a santo. «Quiero consumir mi vida por las almas», escribió un día.

Jesuita y misionero

Se hace jesuita en Tarragona. Estudia en Mallorca. Traba una profundad amistad con el portero San Alonso Rodríguez, humilde hermano lego, que le estimuló en el camino de la santidad. Alonso habla con entusiasmo de las nuevas tierras de América y anima a Pedro a hacerse misionero. Claver pide con insistencias partir sin demora. Cuando aceptan su petición, salta de alegría como un loco, con santo frenesí. Parte del puerto de Sevilla el año 1610.

Apóstol de los negros. Héroe de la caridad

Tras una larga travesía cruzando el océano Atlántico, el corazón de Pedro Claver se estremece al besar la tierra de sus ilusiones. Se establece en Cartagena de Indias, actual Colombia. Allí llegaban los barcos cargados de negros, arrancados de las costas de África para venderlos como esclavos. Nadie se extrañaba entonces de este bochornoso comercio de esclavos, que eran traídos como rebaños de carneros para el mejor postor. A estos miserables va a entregar su amor el nuevo misionero, que al hacer sus votos religiosos se firmó así: «Pedro Claver, esclavo hasta la muerte».

Cuando se acerca un barco, Pedro recorre la ciudad pidiendo limosna para ellos. Los recibe y consuela, los cura y acaricia. Los negros, extrañados, lo quieren como a un padre. Los instruye en la fe. Más de 300.000 bautizó en los 40 años que pasó a su servicio. Toda su vida era visitar, catequizar, consolar, y cuidar a sus queridos negros, en caminatas incansables, sobre todo a los más abandonados y a los enfermos más repugnantes. Toda su vida fue un tejido de heroísmos increíbles. No le importaba la hediondez ni la incomprensión de otros. Su vida está llena de entrañables ‘florecillas’. A un negro, abandonado de todos, lo estuvo atendiendo semanalmente durante catorce años. A un negro llagado a quien nadie socorría por lo repugnante de su aspecto y olor, lo visitó cuatro veces al día durante muchos meses. A otro hermano negro lo acogió en su propio aposento, con escándalo de los de casa, y le cedió su propia cama hasta que le encontró otro acomodo confortable.

Teóricamente es fácil negar la segregación racial. Pedro Claver la vive. En su iglesia no hay bancos para blancos y bancos para negros. Unas señoras muy ‘devotas’ protestan: «Los negros dan mal olor y se pierde la devoción. Sería mejor una capilla aparte para ellos». Pedro Claver les contesta: «Mis negros están lavados con la sangre de Jesucristo, y son hijos de Dios con los mismos títulos que lo sois vosotras». Y si las señoras quieren confesarse con él, han de hacer cola detrás de las esclavas.

Últimos trabajos misioneros. Muerte

En 1650 la peste se abatió sobre Cartagena de Indias. Pedro se multiplica atendiendo a todos, hasta que cae él mismo. Quedó paralítico y se hace atar sobre un caballo para visitarles. Era un espectáculo estremecedor verle. El 8 de septiembre de 1654 entró en agonía. Los negros tomaron por asalto la casa. Era su padre. Le besaban las manos sollozando. A la media noche del día de la Natividad de la Virgen marchó al paraíso, el esclavo de los esclavos, el apóstol y padre de los negros.

Astráin le llamó el primer misionero del siglo XVII. Urbel lo llamaba «otra figura prodigiosa de la locura caballeresca de la España grande». Su Santidad el Papa León XIII llegó a decir que era la vida que más le había impresionado después de la de Cristo. ¡Nada menos!

SAN PEDRO CLAVER, PRESBÍTERO.

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