Por David Saiz. San Francisco Javier, misionero

Patrono de las misiones

El Papa San Pío X nombró a San Francisco Javier patrono de las Misiones, misioneros porque fue sin duda uno de los misioneros más grandes que han existido. Ha sido llamado: “El gigante de la historia de las misiones”. La oración del día de su fiesta dice así: «Señor, Tú has querido que numerosas naciones llegaran al conocimiento tu Nombre por la predicación de San Francisco Javier…”. Esto es un gran elogio.

Empezó a ser misionero a los 35 años y murió de sólo 46. En once años misionó países de África, la India —nación inmensa—, Indonesia, el Japón y varios países más, hasta que murió agotado a las puertas de la China. Su deseo de ir a Japón era tan grande que exclamaba: “si no consigo barco, iré nadando”. Fue un verdadero héroe misional.

Universitario en la Sorbona de París

Francisco nació cerca de Pamplona —España— en el castillo de Javier, en el año 1506. Era de familia que había sido rica, pero que a causa de las guerras había venido a menos. Desde muy joven tenía grandes deseos de sobresalir y de triunfar en la vida, y era despierto y de excelentes cualidades para los estudios. Dios lo hará sobresalir, pero en santidad.

Fue enviado a estudiar a la Universidad de París, y allá se encontró con San Ignacio de Loyola, el cual se le hizo muy amigo y empezó a repetirle la famosa frase de Jesucristo: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?” —Lc 9, 25—. Con pensamiento y sobre todo por medio de los ejercicios espirituales de mes que practicó bajo la dirección de San Ignacio, se fue liberando de sus ambiciones mundanas y de sus deseos de orgullo y vanidad, y se fue encaminando hacia la vida espiritual. Aquí se cumplió a la letra la frase del Libro del Eclesiástico: “El amigo fiel es seguro refugio, el que le encuentra, ha encontrado un tesoro. El amigo fiel no tiene precio, no hay peso que mida su valor.” —Eclo 6, 14-15— La amistad con San Ignacio transformó por completo a Javier.

Cofundador de la Compañía de Jesús

Francisco fue uno de los siete primeros religiosos con los cuales san Ignacio fundó la Compañía de Jesús, que serán conocidos como los Padres Jesuitas. Ordenado sacerdote, colaboró con san Ignacio y sus compañeros en enseñar el catecismo y predicar en Roma y otras ciudades de Italia.

Elegido para misionar la India

El Sumo Pontífice recibió de parte del rey de Portugal la petición de enviar misioneros que viajaran a evangelizar las colonias portuguesas de la India. El Papa, viendo el fervor y celo apostólico de los Padres Jesuitas, pidió a San Ignacio que enviara algunos jesuitas a misionar en la India. Fueron destinados el padre Simón Rodríguez y Nicolás de Bobadilla, pero la enfermedad de este le impidió marchar, y entonces el santo le pidió a Javier que se quisiera embarcar en su lugar para tan remotas tierras. Francisco Javier obedeció inmediatamente y se dirigió a Lisboa con su compañero Simón, a la espera de un barco que les llevara a tan remotas tierras. En el viaje a la capital lusitana, aunque pasaban cerca de Navarra, su tierra natal, Francisco Javier no quiso pasar a saludar a su familia, a quienes ya no vería más en este mundo. Tal era su celo por la salvación de las almas de los paganos.

En los días de espera en Portugal, Javier y Simón hicieron tanto fruto espiritual en la corte real que el rey pidió a San Ignacio que al menos uno de ellos quedara allí. Simón Rodríguez, que era portugués, quedó por tanto en Lisboa y Francisco Javier emprendió como único misionero el larguísimo viaje por el mar. En el barco aprovechó esas interminables semanas, para catequizar lo más posible a los marineros y viajeros. Con San Javier empezaron las misiones de los jesuitas.

Misionero en el Extremo Oriente

Son impresionantes las distancias que Francisco Javier recorrió en la India, Indonesia, Japón y otras naciones. A pie, solamente con el libro de oraciones, como único equipaje, enseñando, atendiendo enfermos, obrando curaciones admirables, bautizando gentes por centenares y millares, aprendiendo idiomas extraños, parecía no sentir cansancio. Se le caían los brazos de cansancio, de tanto bautizar. Por las noches, después de pasar todo el día evangelizando y atendiendo a cuanta persona le pedía su ayuda, llegaba junto al altar y de rodillas encomendaba a Dios la salvación de esas almas que le había encomendado. Si el sueño lo rendía, se acostaba un rato en el suelo junto al sagrario, y después de dormir unas horas, seguía su oración. De vez en cuando exclamaba: “Basta Señor: si me mandas tantos consuelos me vas a hacer morir de amor”. Así se le representa: con el pecho ardiendo de fuego de amor a Jesucristo. Con razón su palabra tenía efectos fulminantes para convertir. Era que llegaba precedida de muchas oraciones y acompañada de costosos sacrificios.

Desde 1510, Goa era una ciudad portuguesa en la India. Y allá puso su centro de evangelización nuestro santo —en esa ciudad se conservan ahora sus restos—. Empezó a ganarse la buena voluntad de las gentes con su gran amabilidad —a uno de sus compañeros le escribía: «hágase amar y así logrará influir en ellos. Si emplea la amabilidad y el buen trato verá que consigue efectos admirables»—. Estableció clases de catecismo para niños y adultos. Popularizó la costumbre de confesarse y comulgar. Enseñaba la religión por medio de hermosos cantos que los fieles repetían con verdadero gusto.

Por 13 veces consecutivas hizo larguísimos viajes por la nación enseñando la religión cristiana a esos paganos que nunca habían oído hablar de ella. Los de las clases altas —los brahamanes— no le hicieron caso, pero los de las clases populares se convertían por montones. En cada región dejaba catequistas para que siguieran instruyendo a la gente, y de vez en cuando les enviaba a algún jesuita para enfervorizarlos. Esas gentes nunca habían oído hablar de Jesucristo ni de sus maravillosas enseñanzas.

Francisco Javier se esmeraba por asemejarse lo más posible a la vida pobre de las gentes que le escuchaban. Comía como ellos, simplemente arroz. En vez de bebidas finas sólo tomaba agua. Dormía en una pobre choza, en el suelo. Se ganaba la simpatía de los niños y a ellos les enseñaba las bellas historias de la Sagrada Biblia, recomendándoles que cada uno las contara en su propia casa, y así el mensaje de la religión llegaba a muchos sitios.

Visitó muchas islas y en cada una de ellas enseñó la religión cristiana. Sus viajes eran penosos y sumamente duros, pero escribía: “En medio de todas estas penalidades e incomodidades, siento una alegría tan grande y un gozo tan intenso que los consuelos recibidos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de la guerra que me hacen los enemigos de la religión”. Podría repetir la frase de San Pablo: “Sobreabundo en gozo en medio de mis tribulaciones”.

Dispuso irse a misionar al Japón, pero resultó que allá lo despreciaban porque vestía muy pobremente —y en cambio en la India lo veneraban por vestir como los pobres del pueblo—. Entonces se dio cuenta de que en Japón era necesario vestir con cierta elegancia. Se vistió de embajador —y en realidad el rey de Portugal le había conferido el título de embajador— y así con toda la pompa y elegancia, acompañado de un buen grupo de servidores muy elegantes y con hermosos regalos se presentó ante el primer mandatario. Al verlo así, lo recibieron muy bien y le dieron permiso para evangelizar. Logró convertir bastantes japoneses, y se quedó maravillado de la buena voluntad de esas gentes.

El final de un misionero de Jesucristo

Su gran anhelo era poder misionar y convertir a la gran nación china. Pero allá estaba prohibida la entrada a los blancos de Europa. Al fin consiguió que el capitán de un barco lo llevara a la isla desierta de Sancián, a 100 kilómetros de Hong-Kong, pero allí lo dejaron abandonado, se enfermó y consumido por la fiebre, en una choza tan destartalada que el viento entraba por todas partes, murió el 3 de diciembre de 1552, pronunciando el nombre de Jesús. Tenía sólo 46 años. A su entierro no asistieron sino cuatro personas.

Cuando más tarde quisieron llevar sus restos a Goa, encontraron su cuerpo incorrupto (y así se conserva). Francisco Javier fue declarado santo por el Sumo Pontífice en 1622, junto con Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Felipe Neri y San Isidro Labrador.

Francisco Javier, maravilloso misionero: pídele a Dios que conceda un espíritu fervoroso y apostólico como el tuyo a todos los misioneros del mundo.

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