DÍA DE LA VIRGEN DE LA ASUNCIÓN.

Por Alejandro Antonio Zelaya.

Queremos cantar y dar gloria a Dios con María, y a través de sus palabras, que son las mismas palabras del Espíritu Santo inspiradas a Ella en el Magníficat. Deseamos adentrarnos en su corazón de Madre y Servidora del Señor, meditando especialmente sus palabras: porque Él miró con bondad la pequeñez de su servidora…, y elevó a los humildes.

En esa escena del Evangelio de Lucas (1, 39-56), cuando Isabel, llena del Espíritu Santo, le dirige alabanzas a María, exclamando Feliz de ti por haber creído, nuestra Santísima Madre no tomó una actitud de mirarse a sí misma, sino que Ella lo mira a Dios, lo glorifica, lo adora y alaba a Él y solo a Él. María no se centró en sí misma, sino miró hacia el Cielo, hacia el Altísimo: Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora.

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen.

 Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.

Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre (Lc 1, 46-55).

No al egocentrismo, sí la mirada al Cielo por el prójimo

María recibe el anuncio del Ángel, el Señor se encarna en su vientre purísimo, y recibe la noticia venida del mismo Ángel, de que su prima Isabel estaba embarazada en su sexto mes porque no hay nada imposible para Dios. Y María parte inmediatamente a ayudar a su prójimo en la persona de su prima. Nuestra Madre mira a quien la necesita, se pone en marcha, camina, vence los obstáculos que se le presentan en el viaje, se acerca a su prójimo y acompaña.

Después glorifica a Dios, cantando sus grandezas, encontrándose con su prójimo en Isabel, quien le dice que es la Madre del Señor y quien le alaba su fe, expresándole: feliz de ti por haber creído. Antes el Ángel le había dicho a María: ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo. Ahora le dice su prójimo en la persona de Isabel: Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor. E inmediatamente María agradece, engrandece, glorifica al Señor, alabando: Mi alma canta la grandeza del Señor, mira al Cielo que está también en su vientre.

Dice san Bernardo en ‘Las grandezas de María’: «No queriendo retener nada para sí, lo atribuye todo a aquel Señor cuyos beneficios se alababan en Ella. Tú, dice a su prima, engrandeces a la Madre del Señor, pero mi alma engrandece al Señor. Dices que a mi voz saltó de gozo el niño, pero mi espíritu se llenó de gozo en Dios, que es mi salvador, y los saltos de alegría que ha dado el niño son indicio de que el amigo del Esposo se ha llenado de gozo cuando oyó de éste la voz. Bienaventurada me llamas porque he creído, pero la causa de mi fe y de mi dicha, es haberme mirado la suprema piedad, a fin de que por eso me llamen bienaventurada todas las naciones, porque se dignó Dios mirar a esta su sierva pequeña y humilde. Sin embargo, no crean que Santa Isabel se equivocara en lo que hablaba iluminada por el Espíritu Santo. De ningún modo. Bienaventurada era ciertamente aquella a quien miró Dios, y bienaventurada la que creyó, porque su fe fue el fruto sublime que produjo en ella la vista de su Dios».

También nosotros estamos llamados a glorificar al Señor, a alabarlo y bendecirlo en el encuentro y servicio del prójimo. En él y a través de él salimos del egocentrismo y nos encontramos con Dios, miramos al Cielo sin dejar de tener los pies en la tierra, María da ayuda concreta a su prima. La Virgen no tiene que salir del egocentrismo, del ‘centro en sí misma’ porque ya estaba ‘centrada’ en Dios desde siempre; desde el primer instante de su concepción el Altísimo la había pensado como la Inmaculada Concepción. Toda de Dios. María nos da claro ejemplo a nosotros de que el camino para alabar y glorificar a Dios se da por el camino al prójimo en el servicio concreto a él. San Agustín nos dice en su Sermón de la Ascensión del Señor: «Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros».

Humildad y pobreza de María

Dice San Antonio de Padua en su sermón sobre la Asunción de la Bienaventurada Virgen María nos dice que ella fue un vaso por la humildad. Vaso porque recibe los dones de Dios, «la gracia de las infusiones celestiales. En cambio, el orgullo —del ser humano— inhibe tales infusiones… El Señor, en el Éxodo, ordenó que en el altar se cavara una fosa, en la que se guardaran las cenizas del sacrificio (27, 4). En la fosa de la humildad se guarda la ceniza, o sea, el recuerdo de nuestra mortalidad. Y del penitente dice Jeremías: Pondrá su boca en la sepultura (Lm 3, 29); o sea, hablará de la sepultura que seguirá su muerte. Se dice en el Génesis que Abraham sepultó a Sara en una doble caverna, que miraba hacia Mambré (23, 19). La doble caverna es la humildad del corazón y del cuerpo, en la que el justo debe sepultar su alma, fuera del tumulto de las cosas de este mundo. Y esta humildad debe mirar hacia Mambré, que se interpreta ´transparencia´, e indica el esplendor de la vida eterna y no de la gloria de esta tierra. Hacia ella miró la humildad de la bienaventurada Virgen; y por esto mereció ‘ser mirad’; por eso Él miró con bondad la pequeñez de tu servidora (Lc 1, 48). De esta manera, podemos decir que en María descubrimos las palabras de Isaías: Aquel hacia quien vuelvo la mirada es el pobre, de espíritu acongojado, que se estremece ante mis palabras (Isaías 66, 2)».

Elevó a los humildes

En el mismo sermón de san Antonio citado anteriormente el Santo nos habla de que nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, quien asumió de ella su humanidad: «Hoy glorificó este ‘lugar’ —refiriéndose a María— porque la exaltó por encima de los coros de los ángeles. Por esto comprendes claramente que la bienaventurada Virgen fue elevada al cielo también con el cuerpo…». «Se lee en el Salmo: ‘Levántate, Señor, y entra en el lugar de tu reposo: tú y el arca de tu santificación´(131,8). Se levantó el Señor cuando subió a la derecha del Padre. Se levantó también el arca de su santificación, cuando en este día la Virgen Madre fue asumida a la gloria celestial».

Dice san Bernardo en ‘Las grandezas incomparables de María’: «Cuando los Discípulos, sobre los cuales aún no había bajado el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado, suscitaron entre sí la contienda acerca de la primacía en el Reino de Cristo, obraron guiados por miras humanas; ‘todo al revés’ lo hizo María, pues siendo la mayor de todos y en todo, se humilló en todo y más que todos. Con razón, pues, fue constituida la primera de todos, la que siendo en realidad la más excelsa, escogía para sí el último lugar. Con razón fue hecha Señora de todos, la que se portaba como servidora de todos. Con razón, en fin, fue ensalzada sobre todos los coros de los Ángeles».

Como globos aerostáticos

Permíteme, querido/a lector/a, que eres hijo/a de María, emplear la siguiente imagen.

Un globo aerostático es una aeronave que se eleva gracias a una masa de aire caliente que contiene, lo cual le permite elevarse. A modo de imagen, tal vez podríamos aplicarla a María, siendo llevada al Cielo en cuerpo y alma, elevada sobre los coros de los Ángeles.

El fuego es el fuego del Espíritu Santo de quien Ella estuvo llena desde el instante de su concepción, durante todo el curso de su vida en esta tierra, y terminado el mismo, «fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen Gentium, 59).

María tiene el fuego del Espíritu Santo que eleva, que levanta del suelo, de las cosas de las tierra que no dejan elevarse a Dios. Dice san Bernardo: «No es posible ni siquiera sospechar que haya en Ella nada, no ya tenebroso, pero ni obscuro en lo más mínimo o menos resplandeciente, ni tampoco cosa alguna que no sea ferviente ni abrasadora». Como fuego, Ella tiene en sí el fuego del Espíritu Santo. Dónde está María, está el Espíritu Santo.

También nosotros, cuando miramos hacia arriba, cuando miramos a Jesús —el hombre nuevo— y a María —la mujer nueva— nos elevamos como globos aerostáticos, imitándolos en nuestra mirada al Padre y sirviendo a nuestros hermanos y hermanas, tal cual ellos lo hicieron en esta tierra, en Belén, Nazaret, Galilea, la Ciudad Santa.

Testimonio de santa Bernardita

Bernardita Soubirous, a quien la Santísima Virgen se le apareció en Lourdes en 1858, se alegra por su propia pobreza y humildad de niña débil a quien María eligió. Ella con sus directas y claras palabras dice: «Si la Virgen hubiera encontrado a otra niña más ignorante que yo, la hubiera elegido a ella».

En una oración de acción de gracias —como su propio Magníficat—, dirigiéndose a María le dice: «Sí, Madre querida, tú te has abajado hasta la tierra para aparecerte a una débil niña.. Tu, Reina del Cielo y de la tierra, has querido servirte de lo que había de más humilde según el mundo».

Bernardita en su encuentro con María parece aprender de Ella, de sus gestos sencillos y profundos, de su humildad: «Le pregunté varias veces quién era, a lo que me respondía con una leve sonrisa. Por fin, levantando los brazos y ojos al Cielo, me dijo: ‘Yo soy la Inmaculada Concepción’». María mira al Cielo, agradece, engrandece, magnifica a Dios, da glorias a Él, y sólo a Él. Cuánto nos enseña esta actitud de María, mirando al Cielo, levantando los brazos. Que nosotros también podamos copiar a María, modelarnos según sus actitudes y virtudes, sencillas, humildes de alabanza a Dios.

Miremos la imagen de la Virgen en nuestra parroquia al lado del altar: Ella mira hacia lo alto, mientras es llevada, elevada. Como nos dice el Apóstol: Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra (Col 3, 1-2). Que las cosas de esta tierra no nos tiren para abajo, que no nos esclavicen, con las distintas formas de esclavitud: internas, externas, materiales y espirituales, individuales y sociales que existen, que no nos atrapen con lazos que nos enfermen física, psíquica y espiritualmente y saquen lo peor de nosotros, sino esforcémonos para que todo lo de esta tierra —la Creación entera, el prójimo, la sociedad y la comunidad— nos conduzcan al Cielo, sean instrumentos santos de conducción hacia la Patria definitiva.

Madre: que amemos la humildad, que siempre podamos buscarla para que el Padre nos eleve por medio de Jesús en el fuego del Espíritu Santo. Te proclamamos y nos alegramos con todo nuestro corazón al decirte «feliz» y «bienaventurada» hoy y siempre.

El padre Alejandro Antonio Zelaya es licenciado en Psicología y miembro del Equipo de Formación Permanente del Clero de la diócesis de Avellaneda-Lanús.

DÍA DE LA VIRGEN DE LA ASUNCIÓN.

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