Por Juan María Gallardo. La oración es un regalo

Querido Señor:

Vos le dijiste “si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). Estabas cansado junto al pozo de Jacob, en Sicar. Ella se acercó a sacar agua y Vos le pediste que te convidara. Se sorprendió de que le hablaras siendo judío y ella samaritana. Mucho más se sorprendió cuando le ofreciste un agua que cortaría la sed para siempre. Pero la sorpresa fue mayúscula cuando pusiste al descubierto que cinco maridos había tenido (cuando ella dijo que no tenía) y el que con ella estaba en ese momento, tampoco era su marido. “Señor, veo que eres profeta” exclamó.

Dos días estuviste predicando en Sicar, por el apostolado de esta mujer que anunció a todos que el Cristo estaba entre ello: “Muchos samaritanos creyeron en Él por las palabras de la mujer”.

¡Si conociéramos el don de Dios! Como a la Samaritana nos decís: Yo soy el Cristo, el Mesías.

Señor, tenemos sed de vos y necesitamos esa agua viva.

Sabemos que Vos nos la querés dar. De un modo poético lo dice san Agustín: La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de tu sed con la nuestra. Vos tenés sed que tengamos sed de Vos.

No queremos beber de otras aguas que no sean del manantial de tu gracia. No queremos escuchar, en nuestros oídos, tu queja al profeta Jeremías: «A mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas» (Jr 2, 13)

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