EL VENERABLE CARDENAL PIRONIO Y LOS SACERDOTES (2).

Continuación de El venerable cardenal Pironio y los sacerdotes (1).

Por Alejandro Antonio Zelaya.

Dice el venerable cardenal Pironio: «Ojalá encontremos siempre, en los momentos de soledad y sufrimiento, de crisis de fe y de desaliento, una persona amiga —el obispo, sobre todo, o algún hermano sacerdote— que nos diga: ‘No tengas miedo; Dios es fiel’» (pág.152). Es muy interesante y contundente además, con las siguientes palabras: «Hay un tema sobre el cual el Papa —el Beato Pablo VI— vuelve siempre, en privado y en público, con evidente cariño y preocupación: los sacerdotes. ‘Son nuestros hermanos, nuestros amigos –nos decía a los obispos en Bogotá al inaugurar la II Conferencia general del episcopado latinoamericano-; debemos amarlos mucho, cada vez más’. Y añadía algo que suele repetirnos con frecuencia a los obispos cuando lo visitamos: ‘Si un obispo concentrase sus cuidados más asiduos, más inteligentes, más pacientes, más cordiales, en formar, en asistir, en escuchar, en guiar, en instruir, en amonestar, en confortar a su clero, habría empleado bien su tiempo, su corazón, su actividad’ (Bogotá, 24 de agosto de 1968). Es decir, que la sabiduría de un obispo —el signo quizá de su santidad y de la eficacia pastoral de su ministerio— es la entrega cotidiana a sus sacerdotes. No importa si no sabe hacer otras cosas. Bien vale la pena ser obispo para aprender a amar a los sacerdotes y gastar la vida para hacerlos fieles. Que experimenten el gozo y la fecundidad de la comunión con un obispo verdaderamente padre, hermano y amigo». (págs. 135 y 136).

Lo humano frágil y lo santo del sacerdote

Refiriéndose a la santidad, nos dice el venerable cardenal Pironio: «Para ser santos hay que ser humanamente completos» (pág. 35). «Cada uno tiene que realizar el plan fundamental de Dios sobre la base individual del propio temperamento —sin destruirlo, pero encauzándolo— y con los medios personales del propio deber de estado, frente a las circunstancias sociales de su momento. La común vocación del cristiano a la santidad debe realizarla en su especial vocación de sacerdote y en su personal vocación de párroco o de profesor» (pág. 23).

«Todo el problema de lo humano en el sacerdote supone estos tres temas de la teología: la encarnación del Verbo, las relaciones entre naturaleza y gracia, y el respeto que por lo humano tiene Dios… Todas las cosas han sido en cierto modo asumidas y sacramentalizadas en Cristo. ‘Han sido sintetizadas en Él’, dice San Pablo. El Verbo inhabitó en la naturaleza consagrándola. Todo lo natural adquiere desde ahora un sentido sacral y santificante. Pero el verdadero sacramento es la naturaleza humana de Jesús. Jesucristo es el Hijo del hombre. Es la humanidad de Jesús la que está ‘llena de gracia y de verdad’. ¡Qué sublime aparece el aspecto humano de Jesús! Cristo posee una naturaleza humana armónica. Han sido asumidas por el Verbo todas las perfecciones y todos los defectos —’naturales e irreprehensibles’, dice San Juan Damasceno— de la naturaleza humana. Inteligencia clara, voluntad enérgica, sensibilidad equilibrada. Cristo padece naturalmente la sed, el cansancio, el hambre y la muerte. Siente la tristeza, el temblor, el dolor, la ira, la angustia moral y la amistad. Nada de lo humano es extraño a Jesús. Ama entrañablemente al hombre aunque sea pecador» (págs.54 y 55).

Por otro lado, nos dice también el venerable cardenal: «Pocos sacerdotes son plenamente equilibrados. Un equilibrio perfecto supone: inteligencia clara, voluntad enérgica, sensibilidad ordenada. Juicio lúcido, firmeza inquebrantable, buen corazón. Mucho del desequilibrio sacerdotal proviene de un sistema nervioso mal cuidado, de una educación artificial y postiza, de una falsa concepción del celibato —concebido como pura negación y ausencia—. No se vive la verdadera alegría de la paternidad espiritual. Nos sentimos solos y arrancados. Por eso somos duros y fríos. No sabemos amar». (pág.64).
Meditando la profundidad de las palabras del Venerable Cardenal que darían quizás para hacer todo un retiro espiritual, quizás podríamos resumir: los sacerdotes somos hombres con todas las debilidades y fragilidades de la naturaleza humana, tomados entre los hombres para el servicio de Dios. ¡Hay tantas cualidades y exigencias humanas que nos llaman e interpelan!… ¡Tantas…! Pero al mismo tiempo, confiando totalmente en la gracia de Dios y en su gloria, el hecho de tener que ´trabajarnos a nosotros mismos´ con su Gracia, produce en nosotros una sensación de verdad y liberación.

Recordando las palabras del santo Cura de Ars: «Me postré consciente de mi nada y me levanté sacerdote para siempre; y también las de la Doctora de la Iglesia, que tanto amó y ama a los sacerdotes, haciéndoles tanto bien desde el Cielo: La confianza y nada más que la confianza es la que debe conducirnos al amor. Por lo tanto, los curas no tendríamos más que llenarnos de esperanza para estar más aún en la sintonía tan propia del alma del Venerable Cardenal Pironio, diciéndonos a nosotros mismos y entre nosotros, hermanos sacerdotes: ¡Si Él nos llamó, El nos dio la gracia; Él nos la da hoy, y Él nos la dará siempre, en todo tiempo y lugar».

El padre Alejandro Antonio Zelaya es licenciado en Psicología y miembro del Equipo de Formación Permanente del Clero de la diócesis de Avellaneda-Lanús.

EL VENERABLE CARDENAL PIRONIO Y LOS SACERDOTES (2).

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