EL DIÁLOGO CONYUGAL.

Por Juan María Gallardo.

Introducción

Mi condición sacerdotal me ha convertido en director espiritual, consejero y —muchas veces— en mediador matrimonial. El intentar convertirme en un buen instrumento para llevar serenidad y paz a las familias es algo vocacional. Antes de recibir el sacramento del orden sacerdotal, tuve la oportunidad de estudiar y de alcanzar el título de abogado —primero—, y de doctor en derecho canónico, después de pocos años. El derecho matrimonial se convirtió en mi especialidad: por el interés que despertó en mí desde el primer momento y por haber podido escribir y defender una tesis sobre la prohibición del matrimonio indisoluble, en la legislación argentina.

La importancia que tiene la comunicación entre los cónyuges es algo conocido por todos. Eso no quita —y es triste decirlo— que: no por conocida, sea practicada en la vida matrimonial. No siempre es fácil el diálogo entre marido y mujer…, sobre todo, en algunas circunstancias.

Estamos en la era de la «hiper comunicación tecnológica». Se puede hablar mucho, mucho mejor y gratis. De todas maneras, esto no quiere decir que, la comunicación entre las personas, no pueda seguir mejorando en lo que a su calidad humana respecta.

Tener ideas puede no ser fácil; pero —evidentemente—, ponerlas en práctica, suele resultar mucho más costoso. Mi aspiración, respecto de estas líneas es que, de su lectura, puedan surgir ideas, metas o propósitos para mejorar el diálogo conyugal. Espero que puedan llegar a convertirse en una guía o plan de acción para aquellos que se encuentran distanciados y con dificultades para resolver las cuestiones que los han alejado.

¡Cuántas problemas se resuelven hablando! El diálogo sereno es un muy buen camino para superar sentimientos de incomprensión, de impotencia, angustia, dolor, miedo o soledad: hablar, ¡siempre es bueno!

1. Sin miedo al conflicto

Muchos recordarán el encuentro del Santo Padre, el Papa Francisco, con los representantes de la sociedad civil, el sábado 11 de julio de 2019, en Asunción, Paraguay. La segunda pregunta que le hicieron fue sobre el diálogo como medio para forjar un proyecto de nación. Muchos de sus sabios conceptos referidos a la sociedad en general pueden servirnos para meditar sobre la importancia del diálogo para forjar un matrimonio y un proyecto de familia. Veamos.

El Papa recordó que el diálogo no es fácil y hay que superar muchas dificultades. Hay que huir del «diálogo-teatro» en el que se representa y se juega al diálogo pero no se dialoga de verdad, pues éste debe ser sincero y claro; reclama poner todo sobre la mesa y exige el compromiso de escuchar al otro. El diálogo matrimonial se fundamenta en la identidad personal de cada uno y en amor conyugal. Para que se dé el diálogo es necesario el compromiso, base fundamental del matrimonio.

También explicó el Papa Francisco que el diálogo presupone y exige buscar la cultura del encuentro que reconoce que la diversidad no solo es buena sino necesaria: «Yo voy con lo mío y voy a escuchar qué dice el otro; es un ida y vuelta con el corazón abierto”. Con presunciones de que el otro está equivocado es mejor no intentar un diálogo…

Cuando hubo verdadero diálogo puede llegarse a un acuerdo, a un compromiso. Es un paso adelante. Esa es la cultura del encuentro.

En el diálogo se da el conflicto, pero… ¡no hay que temerle! ¡No hay que ignorarlo! Por el contrario, hay que asumirlo: aceptarlo y sufrirlo, resolverlo y transformarlo en un eslabón de un nuevo proceso: ¡La unidad es superior al conflicto!

Si esto es así en el ámbito social y nacional, cuanto más en el matrimonial en el que existe una vocación, un Sacramento y una especial gracia de Dios.

2. Algunos presupuestos para el diálogo

A. La comunicación de los afectos

Qué importante es recordar que: no sólo hay que amar, valorar y admirar al cónyuge, también hay que comunicárselo, hay que decírselo, repetirlo y demostrarlo.

El marido y la mujer tienen que saber lo mucho que su cónyuge le quiere. Y para que pueda percibirse ese amor, hay que decirlo con palabras y mostrarlo con las obras.

No creo que exista ninguna cosa que motive, contenga y alegre tanto como lo hace el amor. Querer y saberse amado es lo más extraordinario que puede suceder en la tierra. Pocas cosas, en este mundo, ayudan a «tener ganas de vivir» como el amor: es el «motor» para avanzar en este camino, que no siempre es fácil y agradable.

«-Marido, mujer: tengan en cuenta que, su cónyuge, no los recordará por los pensamientos secretos que guardan en su inteligencia. Sepan encontrar la prudencia y la sabiduría para expresarlos del modo que más convenga».

Es importante renovar continuamente el esfuerzo por mejorar las formas de manifestar el afecto: no hay que cansarse de decirlo, de mostrarlo y demostrarlo. Es muy conveniente esforzarse en buscar nuevos modos de «hacer sentir al otro» todo los que se lo quiere, todo lo que se lo valora, todo lo que se lo admira.

«-Soy poco demostrativo. Así es mi carácter…», dicen algunos.

Pues, si así es tu carácter —y te lo digo con toda la comprensión posible— habrá que hacer el esfuerzo por tratar de mejorarlo. Los temas de carácter —sobre todo los de mal carácter— son los que más cuestan superar; pero, al carácter hay que «modelarlo, pulirlo», cambiarlo, mejorarlo.

No se debe, tampoco, poner la excusa de la «autenticidad».

«-Así, es como, yo, soy auténtico». Hay que superar las barreras del egoísmo, de la pereza y de la soberbia y tomar la importante resolución de luchar contra los defectos que perturban la buena relación con el cónyuge.

Otros obstáculos que pueden impedir a un esposo manifestar el amor a su cónyuge son: las vergüenzas o los falsos respetos humanos; también, el acostumbramiento y la rutina. Para ellas también existen remedio si hay buena voluntad y decisión de cambiar.

Siempre podrán encontrarse excusas para callar u ocultar los sentimientos:
«-Es que no hace ninguna falta…». «-No es, para nada, necesario…». «-Es algo totalmente evidente…». Quiero volver a repetir que sí hace falta y que es sumamente conveniente.

El amor conyugal es como una hoguera que necesita la leña de las manifestaciones de cariño, para que no se apague.

Muchos y diversos pueden ser los motivos que «enfríen» el amor entre los esposos. Uno muy corriente es el individualismo que lleva a la persona a dedicarse, exclusivamente y de un modo egoísta, a «sus cosas». Es una pendiente que, en un tiempo variable, llevará al distanciamiento y generará incomprensiones mutuas.

Un cónyuge que, en vez hacer esfuerzos por mejorar a diario su relación conyugal, se dedicara a desvalorizar sistemáticamente al otro, estaría socavando los fundamentos de su matrimonio. Aquél deberá reaccionar urgentemente o terminará destruyendo su familia.

Es verdad que hay cónyuges que no saben, no ven la necesidad o no se dan cuenta que deben confirmar la personalidad del otro. Deberían dejarse ayudar, en este aprendizaje, si es que no lo pudieran hacer solos.

Una realidad que muchos han experimentado —y que todos pueden imaginarla— es que, cuando se piensa que el propio cónyuge no tiene ningún interés por uno; o cuando se cree uno no significa nada para el otro: la vida pierde interés y suele caerse en una tristísima soledad.

Repito y termino con este título. Todos necesitamos ser alentados y reconocidos. Todos necesitamos que nos confirmen, nos aprueben, nos ayuden, nos orienten. ¡Cómo se agradece cuando nos valoran y reconocen! ¡Qué alegría y qué felicidad genera! En el matrimonio, entre los cónyuges, esto: es esencial.

B. Los hombres y las mujeres son distintos

No es necesario profundizar demasiado para darse cuenta que hombres y mujeres son distintos. Muchas son las semejanzas, pero, la masculinidad y la feminidad, tienen sus propias características. Evidentes son, las diferencias sexuales, orgánicas u hormonales

Alexander Lyford-Pike, un prestigioso psiquiatra uruguayo, me explicó una muy interesante experiencia científica, que paso a relatarles brevemente. Se trataba de un test —una prueba— que se «tomaba» a dos estudiantes universitarios: una mujer y un varón: ambos alcanzaron el mismo resultado en igual tiempo. Aplicando los conocimientos de la medicina nuclear, concretamente el P.E.T. —Positron emisión tomography— o centellograma, se descubrió que: el joven, para resolver los problemas, sólo utilizó el hemisferio izquierdo: el hemisferio dominante, el hemisferio que elabora las tareas analíticas. La mujer, en cambió, los dos; también el derecho: el hemisferio de la intuición, de las artes u de las operaciones gestálticas. Una de las conclusiones que pudieron inferir fue que, la mujer, tiene una visión más global en el momento de tomar decisiones. Otro dato interesante fue comprobar que, el cuerpo calloso que une ambos hemisferios, es mas grande —más grueso— en la mujer que en el varón; por lo tanto, en ellas, existe mayor comunicación hemisférica.

A continuación, se recogerán algunas diferencias —entre hombre y mujer—, en lo que a sus comportamientos o actitudes respecta; más concretamente nos a centraremos en ejemplos que tienen que ver con cuestiones de comunicación.

La afectividad suele ser una motivación mucho más desarrollada en la mujer que en el hombre. Por ejemplo: Los hombres se sienten motivados cuando son necesitados y útiles. Las mujeres se sienten motivadas cuando son queridas y se sienten «contenidas». El hombre es más pragmático: tiende a hacer cosas —lo hemos dicho— en función de su utilidad. La mujer tiene mayor tendencia a hacer las cosas por amor, con generosa entrega y abnegación.

Suelen diferenciarse mujeres y hombres, a la hora de resolver los problemas. Por ejemplo: La autoestima masculina se centra —fundamentalmente— en obtener resultados. La autoestima femenina se centra –especialmente- en sus sentimientos y en la calidad de sus relaciones personales.

Los hombres, por decirlo de alguna manera, se aíslan a la hora de resolver sus problemas: se ensimisman, se incomunican. Las mujeres, en cambio, tienden a reunirse para hablar de sus preocupaciones: las comparten, buscan apoyo y comprensión. Cuando el marido «se mete para adentro», la mujer suele sentirse ignorada y suele pesarle el no poder «llegar» a su cónyuge ni tener la posibilidad de ayudarle.

En la forma de comunicarse, también se diferencian. Los hombres suelen ser más directos, y, algunas veces, no muy delicados. A la mujer puede costarle un poco más enfrentar el problema de un modo frontal. Pareciera que necesita más tiempo y un ámbito apropiado para hablar de cuestiones problemáticas. Los hombres suelen argumentar «desde la razón»; «desde el sentimiento o desde los afectos» suelen argumentar las mujeres.

En lo que se refiere la personal sensibilidad, pareciera que la mujer necesita más, que la oigan y que la comprendan, a que le den soluciones. Cuando la mujer pretende ayudar a mejorar el carácter de su marido con indicaciones concretas, ellos —muchas veces— piensan que pretenden cambiarles su personalidad.

Las mujeres, de un modo especial, necesitan recibir: cuidado, comprensión, respeto, devoción, validación, apoyo…; los hombres, en cambio, prefieren recibir confianza, aceptación, aprecio, admiración, aprobación… Lo dicho anteriormente, obviamente, tiene sus excepciones. Pero creo que no es equivocado si se habla desde una perspectiva amplia o general.

La experiencia muestra cómo a los hombres les cuesta mucho más —que a las mujeres— demostrar sus afectos. También la experiencia muestra que, la mujer está más orientada —que el hombre— al diálogo y a la comunicación.

La mujer y el hombre, en las palabras del poeta:

El hombre es: la más elevada de las criaturas.
La mujer es: el más sublime de los ideales.

El hombre es: el águila que vuela.
La mujer es: el ruiseñor que canta.

Volar es: dominar el espacio.
Cantar es: conquistar el alma.

El hombre es: el cerebro.
La mujer es: el corazón.

El cerebro ilumina.
El corazón produce amor.

La luz fecunda.
El amor resucita.

El hombre es el genio.
La mujer es el ángel.

El genio es inmensurable.
El ángel es indefinible.

La aspiración del hombre es la suprema gloria.
La aspiración de la mujer es la virtud eterna.

La gloria engrandece.
La virtud diviniza.

El hombre tiene la supremacía.
La mujer, la preferencia.

La supremacía significa fuerza.
La preferencia representa el derecho.

El hombre es fuerte por la razón.
La mujer es invencible por las lágrimas.

La razón convence.
Las lágrimas conmueven.

El hombre es capaz de todos los heroísmos.
La mujer es capaz de todos los sacrificios.

El heroísmo ennoblece.
El sacrificio sublimiza.

El hombre tiene un farol: la conciencia.
La mujer tiene una estrella: la esperanza.

La conciencia guía.
La esperanza salva.

El hombre es un océano.
La mujer es un lago.

El océano tiene la perla que lo adorna.
El lago tiene la poesía que lo deslumbra.

En fin:
El hombre está colocado en donde termina la tierra;
y la mujer en donde comienza el cielo.

Víctor Hugo

Es muy conveniente que estas realidades no sean desconocidas por los cónyuges, ya que no se puede corregir ni mejorar lo que no se conoce.

C. Deben crearse ámbitos propicios para el diálogo

Muchas veces, marido y mujer «no pueden hablar».

Querrían hacerlo. Se dan cuenta de que tienen que hablar de temas matrimoniales, conyugales, personales, pero no lo pueden hacer.

Diversas pueden ser las causas:
No pueden hablar por que tienen que trabajar demasiadas horas…
No pueden hablar por que tienen que cuidar a los chicos…
No pueden hablar por que viven acelerados en un sinfín de temas…
No pueden hablar por que no hay espacio físico en la casa…

Los cónyuges no suelen darse cuenta que están minando su matrimonio cuando no dedican tiempo para cultivar la comunicación y el diálogo entre ambos. La incomunicación es una bomba de tiempo que, tarde o temprano explota.

Teniendo la importancia que tiene, el trabajo no puede convertirse en un enemigo de la comunicación y de la felicidad conyugal. Desde la perspectiva de una crisis conyugal que puede llevar a la separación, puede decirse que, más importante que los hijos, son los padres. Mucho más sufrirán aquellos niños si tienen que padecer el divorcio de sus padres. Más importantes que los compromisos, el deporte o la profesión debe ser el marido para la mujer y la mujer para el marido. El trabajo, la profesión, el deporte, los hijos, etcétera, pueden ser muy importantes; ésto está claro; por este motivo, la virtud del orden y la de la prudencia son fundamentales para poder encontrar el equilibrio necesario.

El marido y la mujer deberán «crear ámbitos» para compartir tiempo juntos y poder así conversar y alimentar el amor conyugal con un trato delicado y cercano. Exagerando un poco, me animaría a decir que algunos matrimonios, después de años de incomunicación —después de años en los que cada uno estuvo dedicado egoístamente a lo suyo—, se dan cuentan que conviven con un desconocido.

Los cónyuges, repito, tendrán que encontrar tiempos para ellos: tiempo para caminar, pasear, ir al cine, almorzar o comer, etc. Si es factible, tiempo para pasar juntos un fin de semana, hacer un viaje o una excursión… De vez en cuando, es bueno que ambos se «escapen de la casa».

D. Otros «enemigos» del diálogo

Hemos dicho que, el trabajo, los compromisos, la profesión, el deporte y hasta los hijos, pueden llegar a convertirse en enemigos de la comunicación, cuando falta el orden y la prudencia. Quizás hubiera sido mejor decir que los verdaderos «enemigos» del diálogo son el egoísmo, el desorden y la imprudencia ya que, cuando faltan las virtudes opuestas —generosidad, orden y prudencia—, cualquier excusa será buena para no sacrificarse, servir y ayudar al propio consorte.

Los cónyuges deberán superar, muchas veces, el cansancio y la pereza para evitar esconderse —atrincherarse— «detrás» de la televisión, del diario, la computadora, el teléfono o cualquier otra excusa. Esto es prudencial, pues –obviamente- no está mal ni leer el diario, ni ver televisión, ni responder o enviar e-mails, navegar por internet o hablar por teléfono; pero, también en estos temas no puede faltar el orden y la prudencia. Una persona que estuviera diariamente «enfrascada» en su pc, tv o smartphone y relegara sus responsabilidades familiares diciendo que está cansada y que necesita estar en paz, estaría actuando de una manera egoísta.

El matrimonio exige renuncia y entrega.

El matrimonio es, esencialmente, donación.

Y, la felicidad matrimonial, se alcanza, cuando esa entrega o donación se renueva.

Cuando falta esa entrega, esa renuncia, esa donación, comienza la frustrante tristeza del egoísmo que envenena el amor conyugal.

El matrimonio contiene esta paradoja: sólo se alcanza la propia felicidad cuando se lucha por la felicidad del cónyuge.

El amor conyugal exige la importantísima buena disposición para perdonar. Sabido es que perdonar cuesta; cuesta más aún, cuando la ofensa ha sido grave. A veces el perdonar exige una verdadera heroicidad. El perdón incluirá el esfuerzo por superar el rencor y el esfuerzo por intentar «curar las heridas».

E. Una opinión

Cuando terminé de escribir y corregir el primer borrador sobre estos «presupuestos para el diálogo», quise enviárselos a una muy buena madre de familia —con casi veinticinco años de casada— y pedirle un comentario. En su respuesta, me decía:

-Con respecto a lo que estás escribiendo, decis: ´-Tu cónyuge no te recordará por tus pensamientos secretos. Encuentren la sabiduría y prudencia para expresarlos del modo que más convenga´. Te cuento que, algunas veces, es mejor no decir nada. Así como muchas veces se dice: «-El aire se cortaba con tijera», otras veces no conviene buscar palabras que no existen para determinadas situaciones. Hay veces donde existe una extraña comunión de almas, y las palabras no son oportunas. No hay nada más… ¿elocuente? que el mensaje del silencio. Por ejemplo: cuántas veces, al volver de un viaje  —durante 7 horas— hemos abierto la boca sólo para a rezar con el rosario. Él en su mundo y yo en el mío, pero lo importante es saber que los dos estábamos juntos a pesar de nuestras diferencias respecto de «aquél» tema familiar que nos preocupaba. El respeto y la aceptación es lo que más vale en la vida compartida. ¿Cómo podría yo, a pesar de esas diferencias: humillarlo, criticarlo o faltarle el respeto? En primer lugar, es el padre de mis hijos, a él le debo y agradezco el sentido de mi vida. Está hecho a imagen y semejanza de Dios, no mía, y por eso debo aceptar y respetar las diferencias. Algunas veces, yo también pensé —lo confieso—: -Qué ganas de pasarlo por la máquina de picar carne, pero…, ¿de que me sirve en pedacitos? Mejor lo prefiero entero: ¡entero! Y otra vez pienso: -Si le saco lo que no me gusta, dejaría de ser él; así es como Dios lo quiso: así también lo quiero yo. Yo sé que no soy ‘barby’ y que estoy llena de defectos.

No creo que mi marido sepa unas rimas de Gustavo Adolfo Becker, que yo sé de memoria, pero a él no le pegan. De que me sirve que me las diga de memoria si no lo siente. No sirven las promesas ni lo que se dice por cumplido, pero sin sentido. La mejor medida del amor es amar sin medida, y para esto no hay receta, cada uno escribe su propia historia.

Aunque te parezca muy extraño, lo que sí guardo en mi corazón, son nuestras peleas, valen más que cualquier rima dicha de memoria como quien recita la tabla del 2. Ejemplo: una vez lo llamé a Buenos Aires y, como hace siempre cuando un tema no le interesa, me contestó que estaba ocupado. Como teníamos una comida en el centro esa noche, esperé para decirle lo que no me quiso escuchar y otras cosas más, en el viaje de vuelta a Pilar. Así lo hice. Después de hablar un rato, nunca me contestó. Cuando llegamos a la altura del Sheraton, en la Panamericana, estacionó en la banquina. En todo momento pensé que debía solucionar un tema personal, pero, cuál fue mi sorpresa cuando al bajarse me dijo: «- Estoy harto de ser tu público cautivo», cerró la puerta y empezó a caminar. Yo, en medio de la nada, no sabía si arrancar y pasar de largo para que se tomara un remis al llegar al Village… pero… no, ¡jamás hubiera podido hacer eso!. Puse música, me acerqué y lo invite a terminar el recorrido con una muda. Estas cosas son las que sí guardo en mi corazón, y que también me ayudan a ver en qué tengo que cambiar. A lo largo de 24 años creo que hemos crecido, hemos aprendido a compartir o no, lo de cada uno y lo de los dos, él me regala y confía en mi libertad y yo también lo hago; lo necesito. Un importante ejemplo, es lo que nos toca vivir ahora; es demasiado pesado para mí sola, y, por suerte, sé que puedo contar con él y que —en lo importante— no somos dos, sino uno sólo: no debería ser de otra manera.

Termino. Ojalá te sirvan mis comentarios. Las series de televisión, son para pasar el rato pero no para tomarlas como ejemplo. Dios nos guía y nos da las soluciones si lo queremos oír en nuestro corazón, de poco sirven las experiencias ajenas, ya que ni las situaciones ni las personas son las mismas.

EL DIÁLOGO CONYUGAL.

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