TEMA 6: EL ACOMPAÑAMIENTO PASTORAL DE LOS CÓNYUGES EN EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y EN LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL.

Continuación de La celebración del Matrimonio de nuestro Curso de acompañamiento en el camino matrimonial.

Por Juan María Gallardo.

Ángel Rodríguez Luño (*)

  1. Consideraciones generales

El objetivo de estas reflexiones es fundamentalmente práctico: orientar la labor de los confesores con las personas casadas. Se presupone por tanto el conocimiento de la teología sacramentaría y de la moral conyugal y familiar.

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Quisiera proponer inicialmente algunas consideraciones generales acerca de la administración del sacramento de la penitencia, que adquieren características particulares en la atención de los cónyuges:

  • La confesión es una manifestación del amor y de la misericordia de Dios, por lo que se ha de hacer todo lo posible para que no resulte odiosa. Quien se acerca a la confesión espera razonablemente ser acogido con benevolencia y delicadeza. Dureza, frialdad, prisa, pesimismo o ánimo cansino —por más que en ciertas circunstancias puedan ser comprensibles— se compaginan mal con la paternidad espiritual propia del confesor.
  • Se espera que el confesor muestre interés por lo que dice el penitente, evitando tanto la indiferencia burocrática como la curiosidad invasiva. Ha de saber ponerse en el lugar de quien habla y no omitir las preguntas que el penitente espera razonablemente que se le hagan.
  • El confesor ni está casado ni tiene hijos y, sobre todo si tiene pocos años de experiencia sacerdotal, puede no conocer bien algunas dinámicas conyugales y familiares. Por ello debe actuar con cautela, escuchar mucho y no apresurarse a dar recetas si no está seguro de haber entendido bien la situación de que se está hablando.
  • Además, generalmente el confesor oye solo una de las campanas. Cuando la esposa habla de sus sufrimientos le puede parecer que está ante una santa que ha tenido la desgracia de casarse con un desalmado. Si más adelante tiene oportunidad de escuchar al esposo, muchas veces se dará cuenta de que la realidad no es exactamente como él pensaba y que puede haber personas piadosas y buenas con quienes la convivencia día a día puede resultar muy difícil. Por eso la prudencia en el juicio nunca será excesiva y es necesario escuchar las dos campanas para hacerse una idea más exacta de lo que ocurre.
  • La confesión de ambos cónyuges con el mismo sacerdote requiere mucha atención, puesto que es fácil faltar indirectamente al sigilo sacramental casi sin darse cuenta. Cuando el confesor habla con un cónyuge sabe solo lo que este le dice y no puede utilizar lo que le ha contado el otro cónyuge en la confesión.
  • Finalmente, lo más importante es recordar que el matrimonio es una vocación cristiana que se vive con confianza en la ayuda de la gracia divina. La tarea fundamental del confesor es procurar que los dos cónyuges lleguen juntos al final del camino, alcanzando la santidad cristiana mediante el cumplimiento de sus deberes de esposo y de esposa, de padre y de madre. Todo lo demás ha de situarse en este contexto. Los consejos se sopesarán muy despacio para que no causen ni directa ni indirectamente un deterioro o ruptura de la unión entre marido y mujer. Solo en casos de extrema y comprobada gravedad se puede obrar en sentido contrario. Sería muy triste que en un proceso de divorcio uno de los cónyuges pudiese alegar con razón que en la raíz de sus desavenencias están los consejos que el otro cónyuge recibió de un sacerdote. Quizá a veces sea conveniente tensar un poco la cuerda, pero asegurándose antes de que ni se dañe ni se rompa.

2. La armonía conyugal

Basta pensar en el número actual de separaciones y divorcios para entender que la armonía conyugal es quizá el primer problema que hay que considerar hoy en día. El capítulo 4 de la exhortación apostólica del Papa Francisco Amorís laetitia ofrece abundante materia para la reflexión.

Las desavenencias entre marido y mujer pueden responder a causas complejas, de las que hablaremos más adelante. Lo que ahora se dice quisiera ser una ayuda para prevenir una falta de armonía que podría ser el inicio de un problema más grave.

Por razones en parte naturales y en parte sociales, el papel y las cargas del marido y de la mujer no son simétricos. La carga de la esposa suele ser mayor. Es verdad que la mujer es en el fondo más fuerte y sacrificada, pero también es más sensible. Por eso, ante la pereza o la ineptitud natural del marido para ciertas tareas, ella tiene siempre el riesgo de hacer un razonamiento que generalmente no suele ser exacto: «No me ayuda, luego no me ama»; «no se da cuenta de todo lo que tengo que trabajar, luego no le importo mucho». Esta situación se complica si el marido es muy perezoso o incapaz de advertir y cuidar los pequeños detalles que hacen amable el hogar, o tuvo una madre que le daba todos los caprichos, o ha perdido el trabajo, o gana menos dinero que la esposa.

Conviene insistir al marido para que se ofrezca a ayudar a su mujer —a veces la esposa se contenta simplemente con que él ofrezca su colaboración aunque luego no logre colaborar mucho—; para que escuche a su mujer todo el tiempo que haga falta —sin impacientarse porque le parece que se podría decir lo mismo en menos tiempo—; para que no pierda ocasión de reconocer y elogiar lo que su mujer hace —alabar el modo en que cocina, no dar por supuesto que todo estará siempre limpio y ordenado en la casa, etc.—. Los cumplidos son siempre bien recibidos, aunque se lleven muchos años de casados. Incluso muchas veces es de justicia hacerlos, porque el sacrificio de la esposa los merece. El esposo no debería inquietarse porque su mujer pase por momentos de cansancio o de humor más bajo, o porque pierda la paciencia ante las travesuras de los hijos pequeños. Son pequeñas sombras que realzan todavía más sus muchas luces.

A la esposa se le puede recomendar que no se deje llevar de la tendencia a juzgar al marido. Hay mujeres que se comportan como si fuesen la conciencia moral del esposo, siempre recriminándole su pereza o su desorden. Aunque con frecuencia no les falte razón, de este modo no facilitan la convivencia. La hipersensibilidad, la facilidad para agrandar cosas que al fin y al cabo son poco importantes, la obsesión por algunos detalles, son defectos que conviene aprender a dominar.

En realidad, en este mundo no existen personas sin defectos. Marido y mujer tienen cada uno los suyos y el afecto y la caridad cristiana deben llevarlos a corregir los propios y a tener paciencia y comprensión con los del cónyuge. Realizar juntos algunos actos de piedad —rezar el Rosario en familia, ir a Misa juntos, detenerse alguna vez para hacer una visita al Santísimo— será de gran ayuda para mantener siempre joven el afecto recíproco y defender la armonía familiar.

La caridad cristiana y el afecto conyugal llevan a cada uno de los esposos a adaptarse a los gustos y preferencias del otro. Si el noviazgo se ha desenvuelto de modo adecuado, los cónyuges deberían haber trazado juntos un proyecto de vida. No obstante, es normal que ambos no tengan, en todo, los mismos gustos. Puede suceder, por ejemplo, que el marido que pasa casi toda la semana fuera de casa espere el fin de semana para poder sentarse en un sillón y leer un libro. Si la esposa en cambio pasa en casa buena parte de la semana, espera aprovechar el sábado para salir, hacer algunas compras, etc. Con afecto y comprensión se deberá llegar a una solución intermedia que permita a ambos hacer lo que desean a la vez que dedican una parte de su tiempo a hacer lo que desea el otro.

3. Las familias de los cónyuges

Cuando se habla de los ‘suegros’ parece que caemos en un lugar común. Así me parecía también a mí hasta que la experiencia poco a poco me ha ido demostrando lo contrario. Desde luego se han de evitar generalizaciones, que serían falsas e injustas. Muchísimas veces las relaciones entre los cónyuges y sus padres son excelentes, y el cuidado que los abuelos tienen de los pequeños nietos constituye para los esposos una ayuda inapreciable. Pero he de decir a la vez que un amigo mío, juez del tribunal eclesiástico de una gran ciudad europea, me confirmó que en un porcentaje muy alto de los conflictos familiares graves de que se ha ocupado en el tribunal hay comportamientos erróneos de los padres de los cónyuges hacia sus hijos o de estos hacia sus padres.

Dos ejemplos tomados de la vida real pueden servir como ejemplo. En la homilía de la Misa en que se celebraba un matrimonio, el sacerdote citó las conocidas palabras del Génesis: Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne (Gn 2,24). Al acabar la ceremonia, los padres del marido manifestaron al sacerdote su disconformidad con esas palabras. En definitiva, no acababan de aceptar que su hijo iba a tener a partir de ese momento otra familia, llamada a ocupar el primer lugar de su corazón. En otra ocasión conocí a una pareja que estaba organizando su matrimonio, el cual al final nunca tuvo lugar porque la novia se dio cuenta de que su novio era completamente incapaz de decir no a su madre. La novia quería casarse con el novio, pero no con la madre de este. La separación de la que habla el Génesis la tienen que entender tanto los padres como lo hijos que contraen matrimonio.

Los suegros harán muy bien en dar al hijo o a la hija casada la ayuda que pide. También pueden ofrecer discretamente la propia colaboración si se intuye que el hijo o la hija casada la necesitan. Pero no deben entrometerse, así como han de saber retirarse cuando ven que su presencia complica la relación del hijo o de la hija con el cónyuge. Cuando el hijo se casa el papel de su madre cambia completamente. En cada hogar puede haber solo un ama de casa, la coexistencia de dos «amas de casa» es insostenible y puede causar rupturas irremediables.

A veces no es fácil encontrar en la práctica la línea que divide la ausencia indebida, la presencia beneficiosa y la intromisión odiosa de los suegros. Marido y mujer pueden no tener la misma sensibilidad al respecto. Lo importante es que sea cada cónyuge, en nombre propio, quien ponga un límite a sus propios padres si alguna vez es necesario hacerlo. Si es la esposa la que ha de moderar a los padres del esposo, o es el esposo el que ha de hacer lo mismo con los padres de la esposa, se corre el riesgo de generar conflictos.

Se ha de decir en honor a la verdad que muy frecuentemente los padres de los esposos desean ante todo el bien de los cónyuges y saben adecuar su comportamiento a esa noble finalidad. El Papa Francisco ha hablado más de una vez de la riqueza y la ayuda proporcionada por la presencia de los abuelos.

4. El afecto conyugal

El afecto, con todas sus legítimas manifestaciones, no falta entre los novios. Con el paso del tiempo, el amor entre los esposos se hace más sólido y profundo, aunque sea menos ardiente en apariencia. Pero se hace más necesario, según van pasando los años, defenderlo del egoísmo que todos tenemos. El afecto conyugal se ha de cultivar, no basta dejar que pase el tiempo para que crezca y se haga más sólido. Mejorará si se cultiva con amor y sacrificio, y esto requiere un empeño diario por parte de ambos cónyuges.

El amor conyugal, es decir, el amor que cada uno de los cónyuges tiene el deber de promover y defender, tiene en la práctica múltiples manifestaciones, en parte comunes a otras formas de amor: cohabitación, afecto, escucha, comprensión, ayuda, disponibilidad para el servicio y para el sacrificio, etc. Pero precisamente en cuanto conyugal, este amor tiene como expresión específica la mutua y completa donación que se da en las relaciones conyugales, que son no solo buenas y santas sino también debidas. San Pablo habla claramente de un deber (cfr. 1 Co 7,3) del marido hacia la mujer y de la mujer hacia el marido, porque la mujer no es dueña de su propio cuerpo, sino el marido; del mismo modo, el marido no es dueño de su propio cuerpo, sino la mujer (1 Co 7,4). Para añadir después: No privéis al otro de lo que es suyo, a no ser de mutuo acuerdo, durante algún tiempo (1 Co 7,5). La moral católica usa el concepto de «débito conyugal» para significar que existe el deber moral de justicia, de por sí grave, de satisfacer el débito conyugal cuando el cónyuge lo pida de modo serio y razonable.

Se trata de una cuestión delicada, en la que además cada pareja tiene sus propios equilibrios y en la que el confesor entrará con tacto y prudencia solo cuando sea necesario, bien para responder las preguntas del penitente bien porque lo que este narra requiera con toda evidencia una aclaración por parte del confesor.

La verdad es que si en la pareja las cosas van como deben, el amor recíproco hará que generalmente las relaciones conyugales no sean vistas en la fría perspectiva del derecho y el deber. Si hay algo que debe ser libre es el amor. Pero a la vez, cuando contrajeron matrimonio los esposos se obligaron a amarse recíprocamente. Desde el punto de vista moral objetivo, el derecho y el deber existen, y se podría cometer una grave injusticia cuando un cónyuge rechaza siempre o casi siempre al otro. Esto ocurre a veces porque en una de las partes, sobre todo a causa de la edad, el deseo disminuye o casi desaparece y quizá piensa que a la otra parte le sucede lo mismo. En este caso se le puede hacer ver que debería realizar por amor y caridad cristiana lo que ya no haría por deseo espontáneo, con el fin de consolidar la armonía conyugal y alejar a la otra parte de las diversas formas de incontinencia.

En la práctica, antes de formular un juicio moral o dar un consejo conviene conocer bien las circunstancias del caso, porque puede haber deficiencias o culpa por ambas partes. La psicología de la mujer es bastante unitaria, por lo que le resulta muy difícil mostrarse disponible hacia el marido si poco antes este la ha tratado mal o habitualmente es poco delicado con ella. Otras veces existen límites debidos a la edad o a la salud.

Es cierto que cuando este aspecto del amor conyugal se desarrolla bien, muchos otros pequeños problemas de la convivencia diaria se pasan fácilmente por alto y se resuelven solos. Si, en cambio, la comunicación íntima se interrumpe o es difícil, se crea un resentimiento en una o en ambas partes que luego se manifiesta de modo explosivo ante pequeños contratiempos o desacuerdos que en sí mismos no explican ni justifican esas reacciones violentas. Por poner un ejemplo, si por el hecho de que un día lo que la esposa sirve para la cena está demasiado salado, o lo que el esposo ha comprado en el supermercado no es el producto adecuado, uno dice al otro alzando la voz que es un o una inútil o que no es buen esposo o una buena esposa, es muy posible que ese pequeño error al cocinar o al hacer la compra no sea la verdadera causa de la reacción explosiva. No es tarea del confesor investigar las causas más profundas de todos los enfados, pero ha de tener en cuenta que entre los esposos existen este tipo de dinámicas.

5. La apertura a la vida

Por lo que respecta al número de hijos, la Iglesia enseña que corresponde a los cónyuges, y no a otros, el deber de entender cuál es el designio de Dios para ellos y para su familia. Para esto es necesaria la oración y la reflexión, la generosidad y la confianza filial en la Providencia divina, la sinceridad en el examen de las propias motivaciones, una valoración de las circunstancias no viciada por el pesimismo y, además, la búsqueda del consejo de personas prudentes, sin descargar, sin embargo, en ellos la propia responsabilidad: en esta materia, el «juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente».

Muchas veces los cónyuges llegarán a la conclusión de que su responsabilidad se traduce en acoger con generosidad y alegría todos los hijos que Dios quiera confiarles. En este sentido, el Concilio Vaticano II considera dignos de una mención muy especial a los cónyuges que de común acuerdo «aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente». Otras veces, serias razones de naturaleza física, social, económica, etc., aconsejarán no proponerse, por el momento, tener más hijos. La encíclica Humanae vitae afirma en este sentido: «En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido».

Cuando existan razones serias para distanciar los nacimientos, la paternidad responsable exige el conocimiento y respeto de los procesos biológicos, así como el necesario dominio que la razón y la voluntad deben ejercitar sobre las tendencias e impulsos, para poder adoptar un comportamiento conyugal coherente con la decisión tomada. Es lícito «tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los períodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales».

A pesar de ciertas campañas denigratorias, los datos estadísticos existentes demuestran que el recurso a los períodos infecundos, si se realiza adecuadamente, es plenamente confiable. En algunos casos más difíciles —por ejemplo, ciclos irregulares— es necesario dirigirse a algún centro especializado en el que haya personas expertas capaces de transmitir a los esposos, además de las informaciones necesarias, la confianza subjetiva en los métodos naturales para el conocimiento de los periodos fértiles e infértiles. La falta de confianza por parte de los esposos es muchas veces el mayor problema.

Por otra parte, conviene no olvidar que la mentalidad predominante en los países ricos —cuya población está envejeciendo de manera alarmante— y la dificultad real que las estructuras laborales y las costumbres sociales ponen hoy a la maternidad, hacen conveniente en la práctica animar a los esposos a ser generosos para acoger un número de hijos mayor del mínimo que lamentablemente está volviéndose hoy día habitual. Las familias numerosas son un bien para la sociedad, para la Iglesia y, sobre todo, para las mismas familias. Este tipo de decisiones, sin embargo, no se imponen, sino que deben madurar en el diálogo de los esposos entre ellos y con Dios. El sacerdote puede, y muchas veces debe, iluminar y ayudar a los cónyuges a reflexionar sobre sus motivos y circunstancias. Pero, a fin de cuentas, son los propios esposos lo que deben decidir según la convicción que han madurado en sus almas, de manera que puedan asumir con alegría los sacrificios que su deber de padres y educadores puede comportar.

Desde el punto de vista pastoral, el confesor tendrá presente la recomendación de san Pablo VI: «No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar, sino para salvar. Él fue, ciertamente, intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas. Que en medio de sus dificultades encuentren siempre los cónyuges en las palabras y en el corazón del sacerdote el eco de la voz y del amor del Redentor».

Como sucede en cualquier otra materia, la norma moral debe ser aplicada al caso concreto con prudencia y sentido común, y los problemas han de ser afrontados con equilibrio y sentido positivo. Los esposos pueden pecar contra la castidad, pero sobre todo si se trata de errores ocasionales no se ve alguna razón para que el confesor les dirija palabras más severas de las que dirige a quienes cometen otros pecados graves, o a personas no casadas que pecan contra esa misma virtud. Sería del todo injusto adoptar ante un padre o madre de varios hijos, que se acusa de un pecado ocasional, la misma actitud que quizá sería oportuno tener con quien lleva una vida disoluta.

Por otra parte, a veces puede haber circunstancias excepcionales debidas a la edad o a la salud física o psíquica. En otras ocasiones un cónyuge quiere simplemente evitar la incontinencia del otro, y a este propósito no está de más considerar que lo que un cónyuge tolera dentro del matrimonio para evitar la incontinencia del otro es menos grave que los pecados de una persona casada fuera del matrimonio. Finalmente, hay dificultades ligadas a la edad —al periodo premenopáusico, por ejemplo— que duran un breve periodo, por lo que sería poco acertado causar una herida o ruptura permanente por no haber sabido manejar la situación con paciencia.

6. Algunas situaciones particularmente graves

Queremos ahora referirnos a un delicado problema que se puede presentar en la vida conyugal. Pío XI lo describió así: «Sabe muy bien la santa Iglesia que no raras veces uno de los cónyuges, más que cometer el pecado, lo soporta, al permitir, por una causa muy grave, el trastorno del recto orden que aquel rechaza, y que carece, por lo tanto, de culpa, siempre que tenga en cuenta la ley de la caridad y no se descuide en disuadir y apartar del pecado al otro cónyuge». Estas situaciones pueden ser provocadas por la imposición violenta de parte de uno de los cónyuges, o por amenazas serias de abandono, separación o divorcio, o también por el peligro de conflictos y litigios que terminarían por llevar a la violencia o a la separación, situaciones estas que causan además un grave daño a los hijos.

Lo que dijo Pío XI, y ha sido retomado por el Vademécum para los confesores, significa en definitiva que en algunas circunstancias es moralmente lícita la cooperación material al pecado del cónyuge. La licitud requiere tres condiciones:

  • Que la acción del cónyuge cooperante —es decir, del cónyuge inocente— sea en sí misma lícita. Es decir: no puede ser él quien prive al acto de su virtud procreadora, retirándose —onanismo—, tomando una píldora anticonceptiva o usando un método de barrera. Por otra parte, no es lícita la cooperación si el otro cónyuge recurre a un medio que tiene efectos abortivos.
  • Que existan motivos proporcionalmente graves para cooperar con el cónyuge culpable. Estos motivos pueden ser, por ejemplo, evitar la violencia o los conflictos graves, la ruptura de la cohabitación conyugal —abandono, separación, divorcio— o el peligro próximo de infidelidad conyugal.
  • Que el cónyuge inocente no consienta internamente en el pecado —esto no significa, naturalmente, que no experimente el placer propio de la unión conyugal— y que trate de ayudar al cónyuge  mediante la oración, la caridad, la disponibilidad al sacrificio y al diálogo— a abandonar tal comportamiento. Tiene que quedar claro que el cónyuge inocente no aprueba estos actos, aunque no es necesario que lo haga notar en ese momento o con ocasión de cada acto. Naturalmente, el cónyuge inocente debe evitar ser indirectamente —por quejas, falta de disponibilidad, etc.—, la causa del comportamiento ilícito del otro cónyuge. Conviene tener presente que este tipo de dificultades pueden ser temporales, debidas a diversas causas transitorias, mientras que la ruptura de la armonía conyugal, la separación, el divorcio, etc., crean situaciones muy negativas —y a menudo irreparables— para los cónyuges y para los hijos. Por eso está justificado, y alguna vez es debido por caridad, tolerar por un cierto tiempo el comportamiento negativo del cónyuge, ayudándolo al mismo tiempo, con paciencia y afecto, para que se decida a cambiar de conducta. La caridad conyugal requiere asociar la firmeza y la flexibilidad tolerante, siempre en orden al bien humano y espiritual de los cónyuges, a la defensa de la familia y a la protección de los hijos.

7. La educación de los hijos

Los padres deberían sentir la responsabilidad de educar a sus hijos en lo humano y en lo espiritual. Generalmente la sienten, a la vez que experimentan la dificultad que hoy día comporta esta tarea. Para abordar de modo completo esta temática se requerirían conocimientos especializados de que no dispongo, pero es posible dar algunas orientaciones fundamentales.

Si los hijos pequeños producen cansancio por su incansable dinamismo, los adolescentes pueden preocupar e incluso irritar por su rebeldía y cambios de humor. Mientras los pequeños se sienten de alguna manera casi como parte de los padres, en los adolescentes comienza un natural proceso que llevará a la formación de una personalidad autónoma, que implica la necesidad de distinguirse y separarse psicológicamente de sus padres. A veces tienen una necesidad casi fisiológica de decir que no, de rebelarse. Se trata de algo normal, que los padres han de llevar con paciencia y comprensión. Todo será más fácil si los padres saben adelantarse ligeramente a ese proceso, dando gradualmente a sus hijos más libertad a medida que van creciendo y madurando. No conviene que los padres den siempre una respuesta negativa a las peticiones de sus hijos adolescentes, como tampoco conviene que digan siempre que sí. La habilidad de los padres está en saber mantenerse firmes en los puntos importantes y saber ceder en otros que no son esenciales.

En la actualidad los jóvenes escuchan muchas voces y están expuestos a diferentes ejemplos. Los padres, los amigos y amigas, los diferentes profesores, los ejemplos de personajes famosos del mundo del deporte y del espectáculo, la televisión, las redes sociales, etc. Un primer paso importante es que el padre y la madre —y los abuelos— tengan una sola voz, lo que requiere que, en ausencia de los hijos, hablen y se pongan de acuerdo sobre los criterios con que quieren educarlos. No es bueno que la posible disparidad de criterios educativos de los padres sea advertida por los hijos, y peor aún si estos ven que los padres entran en conflicto por esa razón.

No es fácil de evitar que los hijos vean en las enseñanzas de los padres una opinión más entre las muchas que oyen. La vía maestra para evitarlo es que entre padres e hijos se instaure una relación sincera y confiada. Pero la sinceridad y confianza de los hijos, sobre todo la de los adolescentes, hay que saber ganársela. Si cuando los hijos dicen algo que no han hecho bien —por ejemplo, un resultado escolar no muy bueno— los padres reaccionan de modo impaciente o violento, sin comprensión, los hijos tenderán a defenderse con la mentira: no dirán a sus padres lo que realmente han hecho, dónde y con quién han estado, etc.

Los padres serán buenos educadores si consiguen ser los mejores amigos de sus hijos. Como escribió
san Josemaría Escrivá, «el ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable».

Si, por ejemplo, se quiere educar a los propios hijos en la sobriedad, no basta con no darles todos los objetos —smartphone, vestidos, fiestas, etc.— que muchos de sus compañeros de colegio tienen. Podría suceder que los hijos comiencen a sentirse mal porque les resulta difícil sentirse integrados en el grupo de amigos y amigas que se comportan de modo muy diferente. Es verdad que los padres podrán orientar a sus hijos en lo que se refiere a las amistades, pero sobre todo han de hablar serenamente con ellos para ver si entienden las razones que hacen conveniente obrar de un cierto modo. Así podrán darse cuenta si su línea educativa es motivo de sufrimiento para los hijos o les hace sentirse extraños, con el fin de entender cuál sería la más razonable y eficaz. Al fin y al cabo, que los padres no hayan de dar a los hijos todo no significa que no hayan de darles nada. Hay que proceder con gradualidad y equilibrio. Por otra parte, el diálogo sincero y confiado entre padres e hijos es particularmente importante en lo que se refiere a la educación de la afectividad y de la sexualidad. Es un tema complejo que requeriría un tratamiento específico.

Cabe decir, por último, que los educadores de los hijos son el padre y la madre, no solo uno de ellos. Es del todo necesaria la presencia de ambos, cada uno con su papel específico. La ausencia de uno de los padres —porque tiene mucho trabajo, porque se inhibe habitualmente, por deficiencias de personalidad o por otros motivos— puede tener consecuencias negativas sobre el desarrollo de los hijos, sobre todo en el plano del equilibrio afectivo. Marido y mujer han de dedicar tiempo a estar con los hijos, y en el caso de que la personalidad de uno de los padres fuese mucho más fuerte y brillante que la del otro, el más fuerte tendrá que hacer un esfuerzo para no oscurecer la personalidad y la acción educativa del cónyuge más débil.

8. Situaciones de crisis 

Las crisis conyugales y las llamadas situaciones matrimoniales irregulares son objeto específico de otros capítulos de este libro. Aquí solo vamos a aludir brevemente la actitud que debería adoptar el sacerdote.

La mediación familiar no es propiamente tarea del sacerdote, porque requiere competencias especializadas que generalmente los sacerdotes no tenemos. Sin embargo, lo psicológico y lo espiritual están en estrecha relación y no pocas parejas en crisis acuden al sacerdote porque es la figura que les merece más confianza. En términos generales se puede decir que la atención a estas parejas es una tarea no fácil, que requiere un seguimiento largo y paciente, además de mucha oración. Sería una ligereza imperdonable pretender resolver todo en pocos minutos con unos consejos genéricos.

A veces se puede trabajar primero con cada uno de los cónyuges por separado, pero suele ser difícil hacerse cargo de las causas de la crisis si no se logra hablar con ambos a la vez, siempre naturalmente que los cónyuges lo deseen libremente. Puesto que suele surgir espontáneamente una propensión a ponerse de parte de la persona a la que se escucha, hablar a la vez con los dos permite alcanzar una comprensión del problema que haga justicia a ambos cónyuges. El sacerdote debería apuntar a que cada uno se proponga recomenzar, volviendo a conquistar el afecto y la confianza del otro. Para los cónyuges es una tarea costosa que requiere una fuerte motivación, como es la motivación religiosa. Por eso, todo lo que el sacerdote logre para reforzar la vida espiritual de los esposos será de gran ayuda.

Por lo que respecta a las llamadas situaciones matrimoniales irregulares, de las que se ocuparán más adelante el profesor Miguel Ángel Ortiz y la abogada Silvia Frisulli, la enseñanza del Papa Francisco es muy clara. Conviene evitar la tentación de quitarse estos problemas de encima con actitudes expeditivas, que puede ir desde despedir a estas personas considerando insoluble la situación en que se encuentran como decirles simplemente que en su caso todo está bien y no hay nada que arreglar. Hay que dedicar tiempo para escuchar, para tratar de comprender bien el problema y para iniciar un camino gradual hacia una solución posible, que el sacerdote acompañará con su oración y su cercanía. Estos casos difíciles y de lenta solución son quizá los que más requieren el ejercicio sacrificado de la paternidad espiritual propia del confesor y del director espiritual.

(*) Profesor ordinario de Teología moral fundamental y vicerrector de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.

TEMA 6: EL ACOMPAÑAMIENTO PASTORAL DE LOS CÓNYUGES EN EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA Y EN LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL.

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