Cardenal Cantalamessa invita a «una relación personal con Jesús resucitado y vivo»

El predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, explicó que "la expresión 'Bautismo en el Espíritu' proviene de Jesús mismo" e implica "una renovación y actualización no sólo del bautismo y de la confirmación, sino de toda la vida cristiana". "El interesado se prepara allí, además de mediante una buena confesión, participando en encuentros de catequesis en los que es puesto en contacto vivo y gozoso con las principales verdades y realidades de la fe: el amor de Dios, el pecado, la salvación, la vida nueva, la transformación en Cristo, los carismas, los frutos del Espíritu", sostuvo.

Cantalamessa relación personal con Jesús
Foto: YouTube Vatican News.

El cardenal y predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, invitó a «una relación personal con Jesús resucitado y vivo», durante la primera predicación cuaresmal del viernes 26 de febrero, en el Aula Pablo VI, como conclusión de los ejercicios espirituales del Papa Francisco y la Curia Romana, que se realizaron de modo individual por la pandemia de COVID-19. Precisó que su intervención es «una introducción general al tiempo cuaresmal» centrada en la conversión, según el propio mandato de Jesucristo: ‘¡Conviértanse y crean en el Evangelio!’ (Mc 1, 15). El tema de las meditaciones de Cuaresma es: «Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?». (Mateo 16:15) – El dogma cristológico, fuente de luz e inspiración.

Explicó que de la conversión se habla en los Evangelios en tres momentos y contextos distintos. «No se dice que tengamos que experimentarlas las tres juntas, con la misma intensidad. Hay una conversión para cada estación de la vida. Lo importante es que cada uno de nosotros descubra la adecuada para él en este momento», aseguró. Cantalamessa indicó que la primera conversión parte de «un significado fundamentalmente moral», que implica cambiar de costumbres y dejar de hacer cosas que nos sitúan «fuera del camino». Enfatizó que Cristo a esto añade un significado nuevo que implica «dar un salto adelante y entrar en el Reino, captar la salvación que llegó gratuitamente a los hombres, por iniciativa libre y soberana de Dios», un Dios «que viene con las manos llenas para dársenos del todo». Afirmó que la segunda conversión tiene que ver con el «hacerse como niños» evangélico, y que ella conlleva la conversión «de quien ya entró en el Reino, creyó en el Evangelio, y desde hace tiempo está al servicio de Cristo», pero como los Apóstoles, pugna por ver «quién es el más grande». Alertó que la conversión consiste en «cambiar completamente la perspectiva y la dirección, descentralizarse de uno mismo y centrarse en Cristo».

Explicó que la tercera conversión es la que nos hace salir de la mediocridad, la «conversión de la tibieza al fervor» —en esto tiene un papel fundamental la «sobria ebriedad del Espíritu»— y para lograrlo destaca el «Bautismo en el Espíritu». Afirmó que «hubo y hay innumerables cristianos que tuvieron una experiencia análoga, sin saber nada sobre el ‘Bautismo en el Espíritu'». «La expresión ‘Bautismo en el Espíritu’ proviene de Jesús mismo. Es una renovación y actualización no sólo del bautismo y de la confirmación, sino de toda la vida cristiana: para los casados, del sacramento del matrimonio, para los sacerdotes, de su ordenación, para las personas consagradas, de su profesión religiosa. El interesado se prepara allí, además de mediante una buena confesión, participando en encuentros de catequesis en los que es puesto en contacto vivo y gozoso con las principales verdades y realidades de la fe: el amor de Dios, el pecado, la salvación, la vida nueva, la transformación en Cristo, los carismas, los frutos del Espíritu», sostuvo Cantalamessa.

«El fruto más frecuente e importante es el descubrimiento de lo que significa tener ‘una relación personal’ con Jesús resucitado y vivo. En la comprensión católica, el bautismo en el Espíritu no es un punto de llegada, sino un punto de partida hacia la madurez cristiana y el compromiso eclesial», ratificó el cardenal Cantalamessa. Además, recordó que son innumerables «las personas que sólo eran cristianas de nombre y, gracias a esa experiencia, se convirtieron en cristianos de hecho, dedicados a la oración de alabanza y a los sacramentos, activos en la evangelización y dispuestos a asumir tareas pastorales en la parroquia». «¡Una verdadera conversión de la tibieza al fervor! Es apropiado decirnos lo que san Agustín repetía, casi con desdén, a sí mismo al escuchar historias de hombres y mujeres que, en su tiempo, dejaron el mundo para dedicarse a Dios: ‘Si isti et istae, cur non ego?’: Si estos y estos, ¿por qué no yo también?», reflexionó.

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